—¡Oh! de algo que conozco perfectamente—respondí, sacudiendo la cabeza con aire de suficiencia.—Lo que no me explicó es por qué no me habéis hablado nunca de ello, puesto que es una cosa que se ve todos los días.
—He ahí el efecto de las novelas, señorita; toma usted a lo serio cosas que son puramente imaginarias.
—¡Qué mal hacéis en hablar contra vuestra convicción; bien sabéis que se ama en la vida y que el amor es una cosa encantadora!
—Ese es un asunto que no atañe a las jóvenes, Reina, y no debéis hablar de él.
—¿Qué no atañe a las jóvenes? ¡Y son ellas las que aman y son amadas!
—Desgraciado de mi—exclamó el cura,—que tengo que habérmelas con semejante cabeza.
—No habléis mal de mi cabeza, señor cura; la quiero mucho, sobre todo, desde que el señor de Couprat la ha hallado tan bonita.
—El señor de Couprat se ha reído de ti, Reina. Está segura que te ha tomado por una chiquilina sin importancia.
—Nada de eso—repliqué ofendida,—nada de eso, puesto que me ha besado la mano. ¿Y sabéis qué se me ocurrió en ese momento?
—Vamos a ver—respondió el cura que estaba como sobre espinas.