—Pues estuve a punto de saltarle al cuello.
—¡Qué tontería! No se salta al cuello de nadie que no se conoce.
—Ya sé, ya sé, pero él... Por otra parte, si hubiera sido una mujer, no se me hubiera ocurrido eso.
—¿Por qué, Reina! Estás diciendo sandeces.
—¡Oh! porque...
Siguió una pausa a tan profunda respuesta, y mientras tanto miraba yo de reojo al cura, que se zarandeaba y tomaba rapé para disimular y tomar una actitud que fuera conveniente.
—Mi buen cura—le dije con voz insinuante,—si fueseis tan amable como...
—¿Qué más, Reina?
—Digo... os haría algunas preguntitas más sobre ciertos temas que me andan por la mente.
Arrellanose el cura en su sillón como hombre que toma súbitamente una gran resolución.