—Bueno, Reina; te escucho. Más vale que hablemos franca y abiertamente de lo que te preocupa que no que andes quebrándote la cabeza con divagaciones.
—Yo no me quiebro nada, señor cura, y no divago; únicamente pienso mucho en el amor porque...
—¿Por qué?
—No, nada. Ante todo, decidme ¿por qué si vos me besarais la mano, lo hallaría ridículo y no muy agradable que digamos, aunque os quiero con todo mi corazón, mientras que sucede exactamente lo contrario cuando se trata del señor de Couprat?
—¿Cómo, cómo? ¿Qué dices Reina?
—Digo que me ha sido muy agradable el que el señor de Couprat besara mi mano, mientras que si fuerais vos...
—Pero, hija mía, tu pregunta es absurda, y la impresión de que hablas nada significa, ni vale la pena de ocuparse de ella.
—¡Oh! esa no es mi opinión. Pienso a menudo en ello y he aquí lo que llevo descubierto; si la acción del señor de Couprat me ha sido grata, es porque es joven y podría ser mi marido, mientras que vos sois viejo, y luego un cura no se puede casar nunca.
—Sí, sí—respondió maquinalmente el cura.
—Porque siempre se quiere a su marido ¿verdad?