—Sin duda alguna, sin duda.
—Bueno. Ahora, señor cura, decidme si se da el caso de que los hombres amen a varias mujeres.
—Yo no sé eso—repúsome fastidiado el cura.
—Sí, sí, debéis saberlo. Por otra parte un marido puede amar a otra mujer, que la propia, puesto que Francisco I amaba a Ana de Pisseleu y era casado.
—Francisco I era un perdido—exclamó el cura exasperado,—y ese Buckingham, a quien quieres tanto, era otro.
—Cada cual tiene su carácter—respondíle,—y no sé por qué se les haría un crimen porque amaran a varias mujeres. La reina Claudia y la señora de Buckingham, pareceríanse sin duda a mi tía. Por otra parte he descubierto que no se gobierna al corazón, y ellos no podrían dejar de amar, como yo no...
—¿Qué, Reina?
—Nada, señor cura. Lo que yo temo es tener una inclinación a los perdidos, porque Buckingham es lo más interesante...
—Pero en fin, hijita, desde que lees a Walter Scott, he tratado de hacerte comprender ciertas cosas y parece que todo ha sido inútil.
—¡Escuchad, señor cura; vuestras explicaciones no son muy claras, y hay tanta vaguedad en mis ideas!... Todo esto es tan extraño—continué como soñando.—Por último, explicadme ¿por qué el amor excita vuestra indignación?