—Basta, Reina—dijo el cura fuera de sí.—Tienes un modo de formular las preguntas que es imposible responderte. Te hablo seriamente: hay temas de los que no debes hablar, y que no puedes comprender, porque eres demasiado joven.

Colocó el cura su sombrero bajo el brazo y se alejó. Corrí sobre sus pasos y le grité desde la puerta:

—¡Podéis decir todo cuanto queráis, pero conozco bien el amor; es lo más encantador que hay en el mundo! ¡Viva el amor!

En dos días no vino al Zarzal el cura; entristecime yo por haberle fastidiado tanto, y el tercer día me encaminé hacia la casa parroquial, para disculparme. Le hallé en la cocina, frente a un frugal desayuno al que hacía los honores con tantos bríos como apetito.

—Señor cura—le dije en tono relativamente humilde,—¿estáis enojado?

—Algo, Reinita, algo; no quieres hacerme caso nunca.

—Os prometo señor cura, no volver a hablar más del amor.

—Trata, sobre todo, Reina, de no cavilar sobre cosas que no comprendes.

—¡Oh! que no comprendo...—exclamé yo, estallando inmediatamente,—en cuanto a eso comprendo y muy bien, y contra todos los curas de la tierra sostendré que...

—¡Bah!—exclamó desalentado el cura,—ya has faltado a tu promesa de hace un momento.