—Es cierto, señor cura; pero os afirmo que un cura no entiende nada de todo esto.

—Ni tampoco Reina de Lavalle. Luego iré a darte lección, hijita.

Así terminó la discusión más grave que he sostenido con mi cura.

Entretanto pasaban los días y los días y como Pablo de Couprat no volviera, mi sistema nervioso se conmovió y dio muestras de una irritabilidad de mal augurio.

Un mes después de mi memorable aventura había perdido todas mis esperanzas, toda mi tranquilidad y con ayuda del hastío llegué a una sombría tristeza.

Entonces fue cuando el cura se indispuso con mi tía y cuando ésta le echó de casa.

Sentada bajo la ventana del jardín, pude escuchar la siguiente conversación:

—Señora—dijo el cura, vengo a hablaros de Reina.

—¿Sobre?

—La niña se aburre, señora. La visita del señor de Couprat ha abierto a su espíritu horizontes nuevos, que ya habían clareado con la lectura de algunas novelas. Le hace falta distracción.