—¡Distracción! ¿Y dónde queréis que halle yo eso? No me puedo mover: estoy enferma.
—Por eso, señora, no cuento con usted para distraerla. Es necesario escribir al señor de Pavol y rogarle quiera tener a Reina en su casa durante algún tiempo.
—¡Escribir al señor de Pavol! No por cierto. Después la chica no querría volver aquí.
—Es probable, pero esa es una consideración de segundo orden, de la que nos ocuparemos más tarde. Luego, Reina está llamada a vivir en sociedad hoy o mañana, y creo de necesidad que cambie su modo de vivir y vea muchas cosas de las que no tiene la menor idea.
—No soy de esa opinión, señor cura. Reina, no saldrá de aquí.
—Pero, señora—replicó el cura que se acaloraba,—os repito, que es urgente. Reina está triste, su imaginación es rápida y cavila mucho, estoy cierto que se cree enamorada del señor de Couprat.
—Poco me importa eso—repuso mi tía, que era incapaz de comprender las razones del cura.
—Se ha dicho que la soledad es el abogado del diablo, señora, y es exactamente cierto respecto de la juventud. La soledad hace daño a Reina, y algunas distracciones le harán olvidar lo que al fin de cuentas no es más que una niñería.
—¡Qué ideas más extravagantes tiene un cura!—pensé yo.—Tratar de niñería una cosa tan seria y creer que yo pueda olvidar algún día al señor de Couprat.
—Señor cura—contestó mi tía, con su voz más áspera,—ocupaos de lo que os concierne, que yo procederé a mi gusto, no al vuestro.