—Señora, quiero a esta niña con todo mi corazón, y no puedo permitir que sufra—replicó el cura con una entonación que no le conocía.
Usted la ha enterrado en el Zarzal, no le ha dado nunca la menor distracción, y puedo decir que sin mi hubiera crecido y vegetado en la ignorancia y el embrutecimiento, como una planta salvaje y enervada. Le repito que es preciso escribir al señor de Pavol.
—Esto es demasiado—exclamó mi tía, furiosa;—¿no soy yo el ama en mi casa? Salid, señor cura, y no volváis a poner los pies aquí.
—Muy bien, señora; ahora sé lo que debo hacer, y veo claramente que si no he tomado antes una determinación, ha sido por el placer egoísta de ver constantemente a mi Reinita.
El cura hallome en la avenida, completamente desconsolada.
—¿Pero es posible, señor cura?... Echado a la calle por mí... ¿Qué va a ser de nosotros, si no nos vemos más?
—Qué ¿has oído la discusión, hijita?
—Sí, sí, como que estaba junto a la ventana. Ah, ¡qué mujer! qué...
—Vamos, vamos, Reina, un poco de calma—prosiguió el cura que estaba tembloroso y encendido.—Esta misma noche escribiré a tu tío.
—Escribid pronto, mi querido cura. Lo que quiero es que venga a buscarme en seguida.