—Esperémoslo—respondió al cura, sonriendo al mismo tiempo con bondad y con tristeza.
Pero sus muchas obligaciones le impidieron escribir al señor de Pavol esa misma noche, y al día siguiente, mi tía que luchaba desde algunas semanas con sus achaques, cayó gravemente enferma. Cinco días después, la muerte llamaba a las puertas del Zarzal, y cambiaba la faz de mi existencia.
VIII.
Inmediatamente de la muerte de mi tía, que no me llamó ni una sola vez durante su enfermedad, y a quien cuidó con abnegación Susana, me refugié en la casa parroquial.
El cura había escrito al señor de Pavol para notificarle que la señora de Lavalle se hallaba enferma, pero los progresos de su mal fueron tan rápidos, que mi tío recibió el despacho que le anunciaba el desenlace fatal, antes que hubiese contestado a la carta del cura. Y nos telegrafió, en seguida, participándonos que no le era posible asistir al entierro.
Al otro día recibimos una carta en la que decía, que no del todo repuesto después de un ataque de gota, le era imposible trasladarse al Zarzal y le rogaba al cura que me condujera algunos días más tarde a C***, pues esperaba, en ese entonces, estar tan aliviado como para ir a recibirme allí.
Mi tía fue enterrada sin lujo ni pompa. No era amada y partió para el otro mundo sin gran cortejo de simpatías.
Yo volví del entierro, haciendo esfuerzos para sentir un poco de tristeza, pero no pude conseguirlo. Por grandes que fueran los reproches de mi conciencia, un sentimiento de libertad se agitaba en mi cabeza y en mi corazón. Sin embargo, si hubiese conocido entonces la frase de un hombre célebre me la hubiera apropiado, y aseguro que hubiese exclamado en un soberbio arranque de misantropía:
—No sé lo que pasa en el corazón de un degradado, mas conozco el de una niña decente, y lo que veo me espanta.