Pero como dicha frase me era totalmente desconocida, no pude servirme de ella para satisfacer a los manes de mi tía.
Mi tío había señalado para mi partida el 10 de Agosto; estábamos a 8 y pasé esos dos días con el cura, cuya bondadosa fisonomía se demudaba de hora en hora ante la idea de nuestra separación.
El martes por la mañana, hizome preparar un buen almuerzo, y nos instalamos por última vez, el uno frente al otro, con intención de reponer fuerzas. Pero cada bocado nos ahogaba y me costaba un triunfo contener el llanto.
El pobre cura había pasado una noche de insomnio. Estaba demasiado triste para poder dormir y por otra parte como no le era posible acompañarme hasta C***, había escrito esa noche a mi tío una carta de diez y siete carillas en la que, según supe después, le enumeraba todas mis cualidades pequeñas, grandes y medianas. Los defectos brillaban por su ausencia.
—Mi hijita querida—me dijo después de un largo silencio,—¿no te olvidarás de tu viejo cura?
—Jamás, jamás—respondile con vehemencia.
—No debes tampoco olvidar mis consejos. Desconfía de tu imaginación, Reinita. Compárola a una hermosa llama que alumbra y vivifica una inteligencia cuando se la alimenta con discreción; pero si se le da mucho combustible, se trueca en una fogata que incendia la casa, y los incendios no dejan tras de sí más que escorias y cenizas.
—Trataré, señor cura, de gobernar con tino la llama; pero os aseguro que me gustan mucho las fogatas.
—Pues ¡cuidado con el incendio! ¡No juguemos con el fuego, Reinita!
—Nada más que una fogatita, señor cura; si es de lo más lindo que puede darse. Y si se tiene miedo del incendio, con echar un poco de agua fría sobre el fuego...