—Mas, ¿dónde encontrarás el agua fría, mi hijita?

—¡Ah! todavía lo ignoro, pero puede que lo sepa algún día.

—Quiera Dios, que no sea así—exclamó el cura.—El agua fría, mi hijita querida, son los desengaños y los pesares, y rogaré día a día, ardientemente, para que sean alejados de tu senda.

Asaltábame el llanto oyendo hablar así al cura, y bebí un gran vaso de agua para calmar mi emoción.

—Antes de dejaros, debo preveniros que creo que tengo un gusto muy marcado por la coquetería.

—Sé, que tal es el lado flaco de todas las mujeres,—me dijo el cura con su bondadosa sonrisa;—pero no es bueno abusar, Reina. Por otra parte el trato social te enseñará a equilibrar tus sentimientos, sin contar con que tu tío te sabrá guiar bien.

—¡Qué cosa hermosa debe ser la sociedad, señor cura! Estoy cierta de que agradaré, siendo tan linda...

—Sin duda, sí, sin duda, pero desconfía de los cumplimientos exagerados y de la vanidad.

—¡Bah! Es tan natural el deseo de agradar; nada de malo hay en ello.

—¡Hum! he ahí una moral de manga algo ancha respondió el cura revolviéndose el cabello. Lo bueno es que tal modo de pensar es de tu edad, y ¡a Dios gracias! aun no te ha llegado el tiempo de exclamar con el Eclesiastés: ¡Todo es vanidad y nada más que vanidad!