—¡Qué exagerado es ese Eclesiastés! Y luego es tan viejo. Se me ocurre que sus ideas han de andar fuera de moda.

—Vamos, vamos, callémonos. Bien sé que las Santas Escrituras y los pensamientos de un pobre cura de campo no pueden ser comprendidos por una señorita joven y linda y bastante enamorada de sí misma.

Y me miró sonriendo; pero sus labios temblaban, porque se acercaba la hora de la partida.

—Ten cuidado de abrigarte bien en el camino, Reina.

—Pero, señor cura, si estamos en Agosto, con un calor para ahogarse.

—Cierto es—respondió el cura, que con la preocupación perdía la cabeza.—Entonces no te abrigues mucho, no sea que luego te resfríes.

Nos levantamos de la mesa después de haber hecho infructuosos esfuerzos para mascullar algunas migas de pan y pastel.

—¡Ah!, ¡cuánto siento—exclamé, estallando en sollozos,—cuánto siento dejaros, mi querido cura!

—No lloremos, no lloremos; es absurdo—dijo el cura, sin darse cuenta que por sus mejillas rodaban dos lagrimones.

—¡Ah! señor cura—continué yo, presa de un repentino remordimiento, ¡cómo os he hecho enojar!