—No, no; has sido la alegría de mi vida, toda mi felicidad.

—¿Qué va a ser de vos sin mi, mi pobre cura?

No respondió. Dio dos o tres pasos por la sala, sonose con fuerza y logró dominar la emoción que oprimía su garganta y que estuvo próxima a reventar en sollozos.

El carruaje estaba ya en la puerta. Petrilla, con su traje de gala debía acompañarme hasta C*** y dejarme en brazos de mi tío. Conducíanos el arrendatario, porque Susana, entregada a su dolor, permanecía provisionalmente al cuidado del Zarzal. Ordené a Juan que marchara, y el cura y yo seguimos detrás a pie, por un buen trecho, con el objeto de estar juntos un poco más.

—Os escribiré todos los días, señor cura.

—No te pido tanto, hijita mía: Escríbeme solamente una vez por mes; pero con toda intimidad.

—Os escribiré todo, completamente todo, hasta mis ideas sobre el amor.

—Veremos—replicó el cura con sonrisa incrédula.—Harás una vida tan nueva para ti, tan llena de distracciones que no cuento mucho con tu exactitud.

Juan había detenido el carricoche y nos aguardaba. Era preciso partir. Llorando con toda mi alma tomé las manos del cura y exclamé:

—Señor cura, la vida tiene momentos bastante malos.