—Eso pasará, pasará—respondió con voz entrecortada.—Adiós, mi hijita querida; no me olvides y precávete, precávete...

Y me ayudó a subir precipitadamente al carromato.

Coloqueme en el antiguo sitio de mi tía, aplastado de un lado por un baúl sin cerradura y del otro por los innumerables atados que componían mi equipaje, confeccionados por Petrilla con extravagantes formas.

—¡Adiós, mi cura, adiós mi viejo cura!—exclamé.

Hizo un gesto cariñoso y se volvió rápidamente. Vile, a través de mis lágrimas, alejarse a toda prisa y ponerse el sombrero, prueba irrecusable de que se encontraba su ánimo no solamente en la más violenta agitación, sino completamente trastornado.

Luego que hube sollozado unos diez minutos, juzgué a propósito seguir el consejo de Petrilla, que me repetía en todos los tonos:

—Es preciso ser razonable, señorita, es preciso ser razonable.

Metí mi pañuelo en el bolsillo, y me puse a reflexionar.

Verdaderamente, la vida es una cosa muy rara. ¿Quién habría dicho, quince días antes, que mis sueños se realizarían tan pronto, y que iba a ver tan pronto al señor de Couprat?

Esta halagadora idea, dispersó las últimas nubes que obscurecían mi ánimo, y pensé en la hermosura del firmamento, en las dulzuras de la vida y en el talento que tienen las tías cuando se van al otro mundo.