Mis segundas ideas fueron dedicadas a mi tío. Preocupábame mucho de la impresión que iba a producirle, pues tenía perfecta conciencia de que el vestido negro y el original sombrero con que me había ataviado Susana, eran muy ridículos. Este desgraciado sombrero me causaba verdaderas torturas, es decir, torturas morales. Hecho de un crespón que databa de la muerte del señor de Lavalle, tenía el aspecto de una galleta elegida por las babosas para teatro de sus correrías. Evidentemente me afeaba, y como tal idea no era soportable, me lo quité de la cabeza, hice de él un envoltijo y me lo eché al bolsillo, cuya amplitud y profundidad hacían honor al talento práctico de Susana.
Atormentábame también el temor de parecer estúpida, pues bien sabía yo que muchas cosas que parecerían naturales para todo el mundo, serían para mi un manantial de sorpresas y admiraciones.
Así es que resolví, para no poner en riesgo de burla mi amor propio, disimular cuidadosamente mis asombros.
Tales preocupaciones no me permitieron encontrar largo el camino y me creía aún muy lejos de C*** cuando nos hallábamos en sus puertas. Nos dirigimos directamente a la estación, atravesando la ciudad con toda la rapidez de que eran capaces las piernas secas, de nuestro jamelgo.
Como mi tío, no era ni corpulento ni delgado, habíamelo figurado alto y enjuto de carnes. Figuraos, pues, mi extrañeza, cuando vi un hombrecillo de andar pesado acercarse al carricoche y exclamar:
—Buen día, mi sobrina; casi, casi, estoy por creer que he tenido que esperar.
Diome la mano para bajar del coche, y me besó cordialmente, tras de lo cual, midiéndome de pies a cabeza me dijo:
—No más alta que una elfa, pero terriblemente linda.
—Es también mi opinión, mi tío,—díjele bajando los ojos con modestia.
—Ah ¡esa es tu opinión!