—Ya lo creo. Y la de mi cura y la de... Mas, aquí tenéis una carta que me ha dado el cura para vos, mi tío.
—¿Y porqué no ha venido?
—No podía: algunas ceremonias religiosas le retenían en su parroquia.
—Lo siento; me hubiera alegrado mucho viéndole. ¿No tienes sombrero, sobrina?
—Sí, tío; está en mi bolsillo.
—¿En tu bolsillo? ¿Y porqué?
—Porque es espantoso.
—¡Buena razón! ¿A quién se ha visto llevar el sombrero en el bolsillo? No se viaja sin sombrero, hijita. Póntelo pronto, en tanto que yo hago registrar tu equipaje.
Algo desconcertada por esta especie de reprimenda, me coloqué el sombrero en la cabeza, no sin comprobar que un viaje en un bolsillo era muy poco higiénico para tal producto de la industria humana.
Tocome en seguida despedirme de Juan y de Petrilla.