—Ah, señorita—díjome Petrilla,—siento tanto dejaros, como sentiría si dejase la mejor de mis vacas.

—¡Mil gracias!—repúsele entre risa y lloro. Besémonos y adiós.

Besé las mejillas duras y rojas de Petrilla sobre las que, según me temo, algún patán de dulce charla había depositado ya algunos besos furtivos y sonoros.

—¡Adiós, Juan!

—Hasta la vista señorita—dijo Juan, riendo estúpidamente, lo que es un modo de demostrar emoción como cualquier otro.

Pocos minutos después, hallábame en el tren, sentada frente a mi tío, completamente desorientada y aturdida por el movimiento del tráfico y por la novedad de mi posición.

Así que me repuse algo, examiné al señor de Pavol.

Mi tío, de altura mediana, bien formado, de espaldas anchas, manos gruesas, coloradotas y poco cuidadas, no ofrecía a primera vista un aspecto aristocrático. No hablaba mucho y siempre hacíalo con lentitud. Complacíase a veces en usar expresiones enérgicas que producían un efecto muy singular dada la calma con que eran pronunciadas. No tenía más de sesenta años; sin embargo, como era víctima de frecuentes ataques de gota, su ánimo estaba algo quebrado a causa del sufrimiento físico. Mas, si no tenía ya la vivacidad de la respuesta, aun su boca, por un movimiento casi imperceptible, expresaba todos los matices que existen entre la ironía, la astucia y la burla franca o solapada, y he visto gente pulverizada por mi tío antes de que sus labios pronunciaran la palabra.

No era yo, como es natural, suficientemente avezada para hacer tan pronto un estudio profundo del señor de Pavol, pero le observaba con el mayor interés. Él, por su parte, lanzaba de cuando en cuando sobre mi una mirada de observación, mientras leía la carta que yo le había traído, como para comprobar que mi fisonomía no contradecía los datos del cura.

—Me miras con demasiada tenacidad, sobrina, ¿me encuentras tal vez buen mozo?