—Bien lo recuerdo—respondí ruborizándome.
—¿Vendrá a almorzar el lunes, Blanca?
—Sí, papá, el comandante ha escrito aceptando la invitación. ¿Quién te ha vestido así, Reina?
—Susana, una reducción de mi tía en cuestión de mal gusto y estupidez—contesté con fastidio.
—Desde mañana remediaremos la miseria de tu guardarropa, sobrina. Ten, sin embargo, un poco de respeto por la memoria de la señora de Lavalle. No la querías, pero ha muerto: ¡descanse en paz! Vamos a comer; en seguida Juno te acompañará a tus habitaciones.
Una parte de la noche, me la pasé en la ventana, soñando deliciosamente, y contemplando las masas sombrías de los elevados árboles de aquel Pavol, donde yo debía reír, llorar, divertirme, desolarme y ver cumplirse mi destino.
Me sentí tan feliz, que aquella noche mi cura no fue en mis recuerdos más que un punto imperceptible.
IX.
Mas, suplico que no se me crea de corazón liviano e inconstante, porque este olvido fue solamente momentáneo y tres días después de mi llegada al Pavol, escribía a mi cura la siguiente carta: