—¡Dios mío, qué hermosa sois!—le dije, contemplándola con sorpresa.
Por cierto que es muy raro hallar bellezas indiscutibles; la de mi prima se imponía y no podía ser discutida. No gustaba siempre, porque su fisonomía era altiva y a veces algo dura, pero aun los que menos la admiraban, veíanse obligados a decir con mi tío: Es terriblemente linda.
Tenía cabellos castaños, que le nacían desde el borde de la frente; un perfil griego de pureza perfecta, un cutis soberbio, y ojos azules con pestañas obscuras y bien trazadas cejas.
De elevada estatura y bien desarrollada, hubiera representado más de diez y ocho años, si su boca, a pesar de un arco algo desdeñoso que amenazaba acentuarse con el correr del tiempo, no hubiese tenido movimientos infantiles. Su porte y su gesto eran acompasados y algo al descuido, aunque armoniosos sin rebuscamiento. Un amigo del señor de Pavol dijo en broma un día que a los veinticinco años se parecería rasgo a rasgo a Juno; el nombre le quedó.
Mi admiración por mi espléndida prima se trocó en verdadera pasión y mi tío se divertía con mi encariñamiento y mi entusiasmo.
—¿No has visto nunca mujeres lindas, sobrina?
—No he visto nada; como que he pasado mi vida en un desierto.
—Podías mirarte al espejo, Reina; el señor de Couprat te había dicho que eras linda.
—¿Pablo de Couprat?—exclamé.
—Cierto—dijo mi tío,—me he olvidado hablarte de él. Parece que se guareció en el Zarzal un día de tormenta.