—Sí, por cierto—respondió el señor de Pavol, con vivacidad.
—Cuando digo siempre... digo hasta mi casamiento, porque yo, me casaré pronto.
—¡Te casarás pronto! ¿Cómo es eso? tienes aún la leche en los labios y hablas de casarte. Las jóvenes del día tienen furia por casarse.
—¿Que mi prima no es de mis mismas ideas?
—Sí—respondió mi tío, algo ceñudo.
—Tanto mejor—dije restregándome las manos.—Y mi prima ¿es alta?
—Alta y linda—respondió complacido el señor de Pavol,—una diosa en carne y hueso y la alegría de mis ojos. De aquí a un instante te convencerás de ello, pues ya llegamos.
En efecto, entrábamos a una gran calle de olmos que conducía al castillo.
Mi prima nos aguardaba sobre la escalinata.
Me recibió en sus brazos con la majestuosidad de una reina que otorga una gracia a un súbdito.