—Os pregunto, tío, si no sois algo hereje y tarambana.
—¿Te burlas de mi? exclamó mi tío.
—No os enojéis, mi tío; comienzo un estudio de costumbres más interesante que el de los cafres. Quiero saber si mi tía tenía razón al decir que todos los hombres eran unos herejes.
—Que, ¿le faltaba el sentido común?
—Tuvo mucho el día que se fue al otro mundo; pero fue la única vez—respondí con calma.
El señor de Pavol me miró con evidente sorpresa.
—¡Ah, sobrina! ¡Tienes una claridad para expresarte! Qué, ¿no te llevabas bien con la señora de Lavalle?
—Cabal. Me era muy antipática y me ha pegado más de una vez. Preguntádselo al cura, a quien echó a la calle porque me defendía. Y ¿cómo es posible, tío, que me hayáis dejado tanto tiempo con ella? Era una mujer de baja estofa, y vos no la queríais mucho que digamos.
—Cuando tus padres murieron, Reina, mi mujer estaba muy enferma, y me felicité de que mi cuñada se hubiera querido encargar de tí. Te volví a ver cuando tenías seis años; te encontré entonces alegre, y bien tratada y después, a fe, casi, casi te olvidé; lo que siento profundamente hoy, puesto que no eras feliz.
—¿Me tendréis siempre a vuestro lado, desde ahora, tío?