Subimos entonces en un landó tirado por dos caballos, que debía conducirnos al Pavol. Y amontonamos, como se pudo, los paquetes groseros de mi equipaje, los que, entre paréntesis, me tenían vejada con la triste figura que hacían en tan elegante vehículo.

Apenas instalada en él, me dio mi tío una bolsa de golosinas para confortarme, y se sumió en la lectura de un nuevo diario.

Esta manera de conducirse comenzó a fastidiarme. A más de que no es de mi carácter el poder permanecer callada mucho tiempo, tenía una gran cantidad de preguntas que satisfacer.

De modo que cuando estuve harta del placer de verme en un carruaje hermoso, suave y bien almohadillado, atrevime a romper el silencio.

—Tío—le dije,—si quisierais no leer más, podríamos conversar un poco.

—Con mucho gusto, sobrina—respondió mi tío doblando inmediatamente su diario.—Creí serte grato dejándote entregada a tus pensamientos. ¿De qué vamos a disertar? ¿De la cuestión de Oriente, de economía política, de trajes de muñecas o de las costumbres de los cafres?

—Todo eso me importa poco, y respecto a las costumbres de los cafres, creo, tío, que sé tanto como vos.

—Es muy posible—replicó el señor de Pavol, sorprendido de mi aplomo.—Pues bien, elige tema.

—Decidme, tío, ¿no sois algo impío?

—¡Eh! ¿qué diablo dices, sobrina?