«Frecuentaremos la sociedad así que pasen las primeras semanas de luto. Mi tío dice que soy muy joven todavía; pero tampoco puedo quedar sola en el Pavol. Si quisieran obligarme a ello, bien sabéis, señor cura, que no me quedarían más que dos caminos que tomar: tirarme por la ventana o prender fuego al castillo.

«Parece que tengo mucha razón en creer en un gran éxito, pues además de ser linda, poseo un buen dote.

«Blanca me ha enseñado que una linda cara sin dote vale poco; pero que las dos cosas reunidas forman un conjunto perfecto y un caso raro. Soy, pues, mi querido cura, un manjar sabroso, delicado y suculento que será codiciado, solicitado y tragado en un abrir y cerrar de ojos, si es que lo permito. Pero tranquilizaos, no lo permitiré; no lo permitiré a menos que... Pero ¡chist!

«Por último, señor cura, os diré sin explicaros el por qué, que aguardo el lunes con impaciencia. Ese día sucederá algo que hará latir mi corazón, un acontecimiento que desde ahora me da ganas de saltar a más no poder, de arrojar al aire el sombrero, de bailar y de hacer locuras. ¡Dios mío, que cosa linda es la vida!

«Sin embargo, nada es perfecto en la tierra; vos no estáis aquí, y os extraño mucho. No puedo deciros ¡cuánto os extraño, mi pobre cura! Me gustaría tanto haceros admirar el castillo y sus jardines tan bien arregladitos y tan poco parecidos al Zarzal. Todo está en orden, hasta en sus más mínimos detalles, y de veras, me creo en el paraíso terrenal. A cada momento tengo nuevos motivos de alegría y admiración, y a cada instante también quisiera haceros partícipe de ellos; os busco, os llamo, pero los ecos de este hermoso parque permanecen mudos.

«Adiós, mi querido cura, no os beso, porque no se besa a un cura (no sé porqué); pero os envío todo cuanto hay para vos en mi corazón, y ese todo está lleno de cariño.

«Os quiero con toda el alma, señor cura.—Reina».

Una mañana, hallábame aún en mi lecho, semidormida, morrongueando con beatitud, abriendo de cuando en cuando un ojo, para contemplar mi cuarto alegre y confortable, mis hombrecillos de terracota y los árboles que veía por la ventana abierta, cuando entró Blanca, de bata, cabellos sueltos y cara preocupada.

—Estás tan linda como la más linda de las heroínas de Walter Scott—le dije contemplándola con admiración.

—Reinita me dijo sentándose a los pies de mi cama,—vengo a charlar contigo.