¡Sus anteojos! ¡Sus anteojos de color! ¡Herencia infernal!
¡Bien muerto está el viejo!
Y aquí seguían imprecaciones, gritos de dolor, gritos de desesperación.
Decididamente don Trinidad estaba loco.
Venían después unas cuantas cuartillas escritas en una letra ininteligible.
Sólo en las últimas se entendía algo: frases sueltas; párrafos descosidos; las ruinas de un cerebro anegadas en un líquido amargo como escollera dispersa por los embates del mar salobre.
A continuación copiamos algunos fragmentos.
Decía uno de ellos:
Volví a Madrid: me olvidé por completo de los infernales anteojos.
Hice mi vida de siempre: el arte, la ciencia, mis amigos, mi Rosario.