Salió el mayordomo de la faz seráfica y entró y salió varias veces la dueña con grandes reverencias, hasta que el primero anunció que la cena estaba servida.

Pasaron damas y caballero al regio comedor, donde en lujosa mesa, bajo manteles de Cambray, centelleaban la plata toledana y el cristal italiano y brillaba la loza talavereña. Sirvióles el mayordomo suculenta cena, regada prudentemente con «los ilustres vinos de Esquivias», que don Gutierre prefería a los vallisoletanos, y aunque don Rodrigo era frugal, su cortesía no sabía negarse a los insistentes ofrecimientos de sus dos comensales y comió y bebió un poco más de lo que acostumbraba su templanza.

—«Carne de pluma quita del rostro la arruga», mi señor don Rodrigo—decía la mayor de las hijas de don Gutierre, sirviéndole una pechuga de capón ricamente aliñada.

-«El vino como rey y el agua como buey»—exclamaba riendo la menor de las doncellas, llenándole la tallada copa de un vino rojo como el rubí y de suave aroma.

Durante la cena, como antes en el palique del estrado, notó don Rodrigo que las dos damas exhalaban de sus personas un tan delicado perfume, que a gloria trascendía y la misma gloria parecía prometer. Vaho tan suave y sutil no lo percibió jamás don Rodrigo. Su esposa, doña Leonor, no usaba perfumes ni afeites, que era pecado usar, y decía «que el único perfume grato a un marido era el de la limpieza, porque la hermosura debía ofrecerse como Dios la dió...» Pero seguía embargando los sentidos del caballero aquel perfume delicioso, produciéndole sutilísima e inefable embriaguez, y don Rodrigo lo aspiraba con delectación primero, con ansia después. No era el olor del ámbar, ni de la algalia, ni tenía nada del almizcle, únicos que conocía el señor de Pacheco. Más bien parecía el aroma de mil flores levantinas, que juntaron su diversa fragancia para embriagar al caballero...

Terminada la cena, rezaron una breve oración de gracias, pasaron al estrado un momento, y las damas despidiéronse de su huésped con graciosas reverencias, retirándose a sus habitaciones, acompañadas de su dueña.

El mayordomo precedió al caballero hasta la cámara que le destinaron, despidiéndose de él muy humildemente.

—¡Buenas y muy santas noches tenga el señor don Rodrigo!

Rendido por el desacostumbrado trajín de aquellos días, embriagado levemente por los vapores de los vinos, la copiosa cena y el sutilísimo y sensual perfume de las damas, el señor corregidor de Tordesillas, que deseaba recoger y coordinar sus ideas, tendióse en el mullido lecho y sopló la luz.

Pero invencible asombro le despabiló en seguida. La cama en que descansaba de sus andanzas vallisoletanas exhalaba el mismo perfume sutil y embriagador que emanaba del cuerpo de las hijas de don Gutierre. Y el malogrado teólogo salmanticense quiso abandonar el lecho...