Eran dos damas de peregrina hermosura, jóvenes, ataviadas como princesas y enjoyadas como reinas. «Acabarían de llegar de algún festejo regio y no habrían tenido tiempo de destocarse...»—pensó don Rodrigo.
Con grandes y discretas muestras de regocijo por recibir la visita de huésped tan ilustre, las dos niñas sentáronse a ambos lados del caballero cuarentón, quedando el mayordomo a respetuosa distancia, como si esperara órdenes.
«Don Gutierre estaba muy doliente y descansaba ya, pero si aquella noche no podía verle don Rodrigo, sería al siguiente»—dijeron las discretas niñas.
El de Pacheco les expuso el objeto de su visita: participóles su nombramiento de corregidor y la necesidad que tenía de partir al rayar el alba a Tordesillas.
—Todo puede concertarse—objetó la mayor de las niñas,—si tan urgente es la necesidad de ver a nuestro padre. Aceptáis un puesto en nuestra mesa, descansáis en uno de nuestros aposentos, y al salir el sol, que es cuando despierta el señor don Gutierre, le saluda vuesa merced y parte cuando guste a su querida Tordesillas.
—Agradezco las grandes mercedes que quieren dispensarme damas tan atentas; pero tengo necesidad imperiosa de retirarme a mi posada...
—¡Válgame Dios! ¡Dormir en una posada deudo tan ilustre como vuestra señoría, señor corregidor... alternando con arrieros y servido por mozas de mesón! ¡No faltaba más!—dijo la más joven de las niñas de don Gutierre, la de la voz argentina, cuyas modulaciones ignoraba por qué don Rodrigo le llegaban al alma.
—Lo que nos duele—arrulló la mayor—es que durante estos días os hayáis hospedado allí. Vuestra es esta casa, hoy y siempre que vuestros asuntos os traigan a Valladolid.
—¡Ya no podéis salir de aquí! ¡Sois nuestro huésped, porque no queremos exponernos al enojo de nuestro padre cuando se enterara de que habíamos dejado marchar a una posada la dignidad de nuestro más ilustre deudo, el señor corregidor de Tordesillas!—exclamó, expansiva y jovial, la que parecía más ingenua de las damas, y cuya voz, ademanes distinguidos y cándido y claro mirar atraían al señor de Pacheco con electiva afinidad.
Acostumbrado a obedecer siempre, primero a su madre, luego a su esposa; tan débil de voluntad como cortés y agradecido por instinto, el caballero accedió al galante y sincero ofrecimiento de sus bellas parientes y «quedó muy suyo y muy obligado también», según dijo. «¡Además de que su estancia en casa de don Gutierre facilitaba su entrevista con este señor y su salida a Tordesillas... ¡se estaba tan bien en aquella casa y estrado!, ¡experimentaba tan agradable sensación de paz y bienestar en aquella casa colgada de damascos antiguos, alhajada con vargueños y contadores, cornucopias y espejos, cuadros religiosos y viejos retratos de familia... que hubiera querido trasladar toda aquella magnificencia a su severo caserón de Tordesillas o quedarse en aquel de Valladolid toda la vida!»