—¡La paz de Dios!—respondió don Rodrigo con voz entera.—¿Vive aquí don Gutierre Pacheco de Sandoval? Su deudo soy y vengo desde Tordesillas a visitarle—agregó don Rodrigo, temiendo que le tomaran por un aventurero de los que aquellos días de regios festejos pululaban en Valladolid. Tras breve cuchicheo de voces femeninas en la celosía, preguntó otra voz como arrullo de tórtola:

—¿Cómo se nombra el caballero?

—Don Rodrigo Pacheco de Alderete soy...

—¡Esperad, esperad, caballero... aquí es! Van a franquearos la puerta...

Poco después descorríanse cerrojos y cadenas, y una especie de mayordomo de faz seráfica franqueaba el pesado portón al caballero. A mitad de la amplia escalera, una dueña, envuelta en negras tocas, alumbraba con enorme velón.

—Pasad, pasad, señor don Rodrigo, y esperad mientras preparamos a don Gutierre para darle cuenta de la llegada de vuestra merced. Pero tan delicado anda, que no sabemos si podrá recibirle esta noche... Sus hijas, mis señoras doña Celia y doña Violante nos lo dirán.

Y tras subir, precedido por la dueña y seguido a respetuosa distancia por el beatífico mayordomo, le introdujeron en las habitaciones de don Gutierre.

Deslumbrado quedó el tordesillesco corregidor al contemplar la magnificencia del decorado, la riqueza de los muebles, la suntuosidad de los cortinajes que la mansión de su deudo le mostraba.

Pasaron por una cámara en la que ardía una lamparilla de plata ante un crucifijo que a don Rodrigo le pareció excesivamente lívido y chorreado de sangre... Persignáronse mayordomo y dueña; imitóles el caballero e introdujéronle en el estrado, donde le hicieron esperar, mientras avisaban a sus señoras, las hijas de don Gutierre.

No se hicieron aguardar éstas...