Antes de despedirse, rogóle el duque al corregidor que visitara en su nombre a un deudo de entrambos, vallisoletano ilustre, que por sus achaques no pudo asistir a los festejos, y a quien podía consultar don Rodrigo en todos aquellos conflictos en que pudiera ponerle la flamante corregiduría, aunque, a decir verdad, más que a sus futuros gobernados, temía el pobre corregidor a la celosa corregidora.
Y sin esperar a más—porque al día siguiente, y tras ocho de ausencia, quería retornar el leal caballero a su villa y casa solariega,—allá se fué con su alta misión don Rodrigo Pacheco, el fracasado teólogo, convertido por la gracia de Dios y del duque de Lerma en corregidor de Tordesillas y de toda la comarca tordesillesca.
VI
Dijéranle a don Rodrigo que con los ojos vendados y sin cayado recorriera las calles de su querida Salamanca, y a ciegas las correría, como su Tordesillas de su alma.
Pero a aquel endiablado Valladolid, el diablo que le hincara el diente con su laberinto de calles, callejas y callejones, plazas, placetas y plazuelas, que siempre le traían al mesmo lugar, sin dar nunca con el caserón de su deudo don Gutierre Pacheco de Sandoval.
Más de tres veces se encontró en la plazuela del Ochavo, evocándole, en aquella hora entre misteriosa y poética del atardecer, la tragedia del famoso condestable, cuyo libro singular Claras y virtuosas mujeres, había leído con delectación en Salamanca. Otras dos salió a la Plaza Mayor, entenebreciendo su pensamiento la memoria de aquella hecatombe en que pereció el hereje doctor Agustín Cazalla y sus secuaces en ejemplar auto de fe. No supo cuántas veces pasó junto al caserón de Rivadavia, donde nació el rey Felipe II, y cuya plateresca ventana iluminaba ya la luna en pálido creciente. Volvió pies atrás y notó que por tercera vez pasaba ante la rica y fastuosa fachada de San Pablo...
—La calle de Teresa Gil y junto al arco gótico que se levanta en la iglesia de religiosas de Portacœli—habíale dicho el duque...—y, por fin, topó con el famoso arco y con «las casas de Diego Sánchez», morada de su deudo don Gutierre.
Levantó el pesado aldabón de hierro, que representaba un dragón mordiendo maciza anilla, y retumbaron en la soledad de la calle tres golpes recios y rotundos.
Tardó a percibir ruido alguno en el interior de la casa. Abrióse, por fin, una celosía que sobre la puerta caía, y una voz argentina y juvenil preguntó con timidez:
—¿Quién va... a estas horas?