—Tampoco.
Calló el presbítero de nuevo. Vacilaba; aquel candor que lucía en el rostro le imponía respeto. Sin embargo, siguió:
-¿Amigos?... ¿Algún amigo a quien quieres mucho?
Con espontaneidad entusiasta, y replicó vivaz:
—Sí, Padre, uno a quien quiero mucho, John. Es como un hermano.
Los ojos, sagaces, grises, fríos, cortantes como navajas, escudriñaron en la carne del penitente como si quisiesen leer hasta el fondo de su alma. Reflejaba inocencia tal, que el sacerdote vaciló. ¿Seríale permitido sondear abismos que tal vez no existían? La pregunta infame detúvose en sus labios un instante, y, al fin, la formuló velada.
El niño, con los ojos muy abiertos, llenos de temor y asombro, denegó enérgico con la cabecita de querube, apretando los labios para no sollozar e inclinando la frente para recibir el exorcismo de aquella cruz que borraría el pecado, pero no retornaría el candor perdido.
Nuevamente arrodillado ante el altar, esperaba el supremo instante. De lo alto de la bóveda, el órgano dejaba caer sus notas graves, armoniosas: un coro de voces entonaban un hosanna a la gloria del Hacedor, y el sol rutilaba en los dorados y espolvoreaba con el iris de sus rayos el recinto santo. Ante el eucarístico misterio, hasta una docena de niños arrodillados, hacían ofrenda de sus vidas. Eran los unos, frescos y rosados como plebeyos frutos; eran los otros, pálidos y elegantes como infantes de legendario país de ensueño. El oficiante, revestido con fastuosa magnificencia, avanzó hacia ellos, sosteniendo en una mano el cáliz de oro incrustado de piedras preciosas, y en la otra la Hostia, Cuerpo de un Dios, mientras sus labios murmuraban las preces litúrgicas.
Juan y Jesús habían dejado caer su cabeza entre las manos, y, arrobados, daban gracias por la alta merced. Pero tal vez la paz había huído de sus almas, y algo que no era santo conturbaba su espíritu, porque hay revelaciones que, a semejanza de ciertos trágicos males, con su contacto mancillan una vida entera.
Acabó la misa y fueron a reunirse todos, alegres, locuaces, risueños, con los suyos, que les aguardaban en las grandes salas del colegio.