Un débil llamamiento del Padre sacó a Jesús de su devoto rezar y llevóle a los pies del confesonario; el negro manteo abrióse como dos alas inmensas, aprisionando al Inocente. La mano enjuta, descarnada, dorada de tabaco, posóse en la áurea guedeja, y la voz pastosa, tras breve musitar de oraciones, comenzó las preguntas de rúbrica:

—¿A ver, hijo, si recuerdas algún otro pecadillo?... Piensa que Dios Nuestro Señor, que murió por nosotros, te hace hoy la gran merced de venir a ti.

Tras un instante, la voz pura negó:

—No, Padre.

—A ver—insistió el cura—; piensa bien... Alguna mentirilla.... Alguna falta de respeto.

—No recuerdo, Padre—tornó a replicar.

El confesor se detuvo y miró al niño. La divina claridad que emanaba de sus ojos, ojos color de cielo, irradiaba sobre el rostro cándido, prestándole un aura de luz.

—¿Papás no tienes, verdad, hijo mío?

—No, Padre.

—¿Hermanitos?—interrogó nuevamente.