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NOTA IMPORTANTE.—Si entre los lectores de estas líneas se halla alguno que tenga metimiento con el Ministro de Hacienda, sírvase recomendarle eficazmente a don Leandro Pañizosa, que vive en la calle del Tribulete, número 192, piso quinto, donde espera un alma piadosa que le saque de su misérrimo estado.

EUCARISTIA
(HOYOS Y VINENT)

Genuflexos ante el altar del Santo Gonzaga, oraban en la gloria de la mañana de Mayo, bañados en policroma fanfarria de luz con que el sol, filtrándose al través de las historiadas vidrieras, inundaba la capilla. En la iglesia, de ese risueño gótico todo blanco y oro, típico de la moderna devoción francesa, la Santa Virgen María fulguraba envuelta en un nimbo de llamas; la cabeza de la Imagen se inclinaba ambigua, sin que pudiese saberse si era fatigada por el peso de la corona empedrada de diamantes y zafiros, los heráldicos gules, símbolo del amor y de la alegría celestiales, o en un gesto amable de gran dama, recibiendo un homenaje, y mientras sostenía con una mano a un Jesús mofletudo, recogía con la otra su manto de rara magnificencia zodiacal; a sus pies, la imagen andrógina del franco príncipe Luis el Santo alzaba hacia la bóveda tachonada de luceros los ojos pintados de azul. En búcaros de irisado vidrio, azucenas litúrgicas erguían sus tallos y abrían el virginal enigma de sus flores, mientras a entrambos lados del altar descendía como por la escala de Jacob, angélica procesión de concertantes.

Arrodillados en sus reclinatorios Juan y Jesús, oraban en espera de la reconciliación con que sus almas puras hallaríanse dignas de recibir la visita de Dios hecho Hombre. Cruzados los bracitos lazados de blanco sobre el pecho, levantadas hacia la Imagen las cabezas donde aún no anidara el ave siniestra de un mal pensamiento, eran las preces que aleteaban en sus labios como cándidas palomas que, dejando el nido, volaban hacia el trono de Dios.

Rubio, pálido, de doradas crenchas y pupilas de cielo, Jesús; moreno, de rasgados ojos de sombra y ensortijados bucles, Juan—Murillo y Rafael—; a la endeble elegancia de fin de raza del primero oponía el segundo la viril petulancia ingenua de sus doce años. Y sus figuras eran trasunto fiel de sus almas, toda ternura, temor y melancolía la de Jesús; toda resolución, apasionamiento y valor, la de Juan.

Huérfano, rico, noble, enfermizo, confinado por egoísmo de sus tutores en aquel colegio, Jesús había hallado su defensor en las luchas de educandos en la adolescente energía de Juan, secundón de noble familia provinciana. Eran inseparables los dos amigos; fraternal afecto les unía, y la vida deslizábase para ellos feliz, igual, monótona, llena por su cariño que les ayudaba a sobrellevar las contrariedades del encierro, compartiendo estudios, recreos, devociones, venciendo Jesús la hostilidad de sus compañeros, gracias a la victoriosa y audaz simpatía de Juan, benévolos a las travesuras de éste los maestros ante la intercesión del primero. Así, al volar del tiempo, llegó insensiblemente el día deseado con fervor de acercarse a la Sagrada Mesa.