De poco me sirvieron los encomios, pues como mi rasgo fué obra que hice en pecado de duda, no me aprovechó, y ni siquiera me holgué con el premio del hallazgo, reducido a cincuenta miserables pesetas que me remitió, con una tarjeta, el dueño de los cuartos, y que devolví dignamente. ¡Pues no faltaba más sino que las tomase!

No obstante, abrigaba, que ya es abrigar, la dulce ilusión de que los aplausos de la prensa conmovieran al Ministro de Hacienda, y me volviese a mi puesto. ¿No tenía sobrados motivos para tal esperanza? Pues he aquí que a un diario de los de campanillas se le ocurre escribir lo siguiente:

«No sabemos por qué razón se ha hecho tanto ruido para ensalzar un acto que no es más que el cumplimiento de un deber. ¿Tan bajo se halla el nivel moral de este pueblo, que ya se considera como cosa extraordinaria y por fuera de los límites de lo humano aquello que debe estar en la conciencia de toda persona decente? ¿Acaso no castiga el Código penal a los que se quedan con lo ajeno sin la voluntad de su dueño? El desprendimiento (¡y lo subrayaba, Sr. D. Teótimo, lo subrayaba!) de Pañizosa no constituye, por fortuna, una excepción de la regla, y como éste podríamos citar millones de ejemplos. ¡Quién sabe si la cartera contenía, además de los veinte mil duros declarados, algunas pesetas no confesadas todavía! Porque ello es que, hasta ahora, conocemos al que las encontró, pero no al que las extravió, el cual habrá dado por bien hallados los veinte si se había despedido de los treinta...»

¿Concibe usted infamia mayor? ¿Ha visto usted en su vida nada que se parezca a tan ruin villanía? No la devoré en silencio, sino que acudí a los mismos periódicos mis panegiristas; éstos replicaron, el de la embozada calumnia duplicó la sospecha con frasecitas reticentes, y, por si fueron más o menos los infaustos billetes tentadores de mi conciencia, se armó la gran polémica, a que puso fin aquel famoso crimen cuyos detalles soliviantaron la opinión, distrayéndola del rasgo de Pañizosa.

Quedóse otra vez mi humilde nombre en la inmensidad del olvido, y yo a dos jemes de levantarme la tapa de los sesos, cuando se presentó una mañana en mi casa Perico Fuenteguinaldo, amigo de la infancia, que, sabedor de mis cuitas, acudía piadoso a compadecerlas. Así que se enteró de ellas dióme un fuerte abrazo y me prometió remedio inmediato. Justamente acababa de recibir su acta de diputado a Cortes; pertenecía al grupo del Ministerio de Hacienda, y en cuanto pidiera mi reposición tendría la credencial. ¡Como que era coser y cantar!—¡Dios lo haga y que su voluntad poderosa me otorgue tal merced!—pensé yo.

¿Creerá usted que la adversa suerte se había cansado de perseguirme? Pues oiga, amado don Teótimo, lo más gordo, lo más tremendo, lo que puso fin y punto a mi probada paciencia, lo que colmó la medida de mi desgracia. Oiga usted, o mejor dicho, lea usted esta carta de Su Excelencia que Perico Fuenteguinaldo me remitió con otra suya, llena de excusas y perdones.

Y Pañizosa entregó a don Teótimo un papel muy arrugado y mohoso, que, al pie de la letra, decía así:

«El Ministro de Hacienda.—Particular. Señor D. Pedro Fuenteguinaldo. Mi querido amigo. En el alma siento no poderle complacer en punto a la reposición de su recomendado, el Sr. Pañizosa. Realmente los informes que en la Dirección me han dado de este antiguo funcionario son excelentes; pero parece que anduvo complicado en un asunto donde mediaron cien mil pesetas, y aquello no quedó claro.

»Y usted comprenderá que, siendo esta situación tan escrupulosa en lo que a la moralidad administrativa atañe, no debemos echar mano de gente cuya fama tenga el menor tilde.

»Repitiéndole mi sentimiento, queda suyo afectísimo amigo q. s. m. b.,—José Sánchez Pantalla