De esta suerte se deslizaron diecisiete años de mi existencia, sin otro accidente que aquel tremendo batacazo que pegué por causa de unos saeteros ojos que me atravesaron la autonomía. Y fué que en un baile de verbena callejera conocí a cierta joven, modista de oficio, que con el mirar sólo partía las piedras, y que me llevó blandamente al santo nudo, regalándome luego los ocho actuales herederos de mis timbres y blasones.
Referir las penas y amarguras que he pasado y paso para tirar del carro que contiene mi prole, con más la señora de Pañizosa, fuera tanto como contar las gotas que un invierno llueve. Pensé que con los cinco mil reales del empleo y los ágiles dedos de mi cara cónyuge, que se despedazaban haciendo vainica y pespunte, no nos moriríamos de hambre tan aína; y por yerro de cuenta perdí el sosiego, porque Flora, que tal es el nombre de mi mujer, dió en la flor de echar gente al mundo, con que se aumentaron nuestras angustias, dado que, a pesar de mis méritos y tecnicismo, el inspirado ascenso no llegaba, ni por asomo tenía trazas de llegar.
En cambio llegó la terrible catástrofe fraguada por un desalmado Ministro, el cual, desconociendo el importante papel que yo desempeñaba en la mecánica de la Deuda pública, y para satisfacer aspiraciones de no sé qué elector suyo, que Dios confunda y mal poso haya, decretó mi cesantía, y con ella la ruina de una familia honrada.
Que al momento me dediqué a buscar recomendaciones capaces de ablandar las berroqueñas entrañas del autor de mi duelo, se cae de su peso. En semejante tarea ocupé mis forzados ocios, cuando una noche, al entrar en mi casa, donde me aguardaban hambrientos y desesperados mi mujer y mis pobres hijos, para quienes busqué en vano, pordioseando aquí y pidiendo allá, algo con qué comprarles el más sencillo alimento, se enredaron mis pies en un bulto que se hallaba medio escondido en el ángulo de la pared y las losas. Entre bajarme y cogerlo no medió espacio, y me hallé con una cartera de buen tamaño, de esas que usan los cobradores de la Bolsa. Tendí entonces la vista por la calle, pues quizás no estuviese lejos el que hubiese perdido aquella prenda; y como nadie por allí se parecía, púsemela debajo del brazo, subí los ciento quince escalones que conducen a mi vivienda, me metí en la alcoba, cerré la puerta, abrí el cartapacio, y por poco pierdo el sentido al sacar de sus senos y rincones un montón de billetes de Banco que, muy juntitos unos contra otros y por paquetes de mil duros, sumaban la enorme cifra de cien mil pesetas. ¡Una riqueza!
Lo primero que me vino a las mientes fué dar gracias a la divina Providencia, que así premia al justo y limpio de corazón cuando en ella confía, y lo segundo llamar a Flora, que en aquel instante libraba una batalla con los desconsolados muchachos para persuadirles de cuán sano es irse a la cama sin probar bocado, y comunicarle la inesperada aventura, término de nuestros quebrantos y principio de la felicidad. Pero al ir a poner por obra tan alegre decisión, paralizóse mi cuerpo, una llamarada de vergüenza me subió al rostro, el recuerdo de mi intachable fama me llamó a la realidad del deber, y la idea de que el dueño de la cartera quizás fuese un pobre, encargado de llevar y traer valores, fué creciendo, creciendo en mi espíritu, y ya vi en la cárcel al descuidado dependiente convicto de ladrón y condenado a presidio, y deshonrado su nombre y en la miseria a su familia, porque seguramente tendría, como yo, pedazos del alma por quienes gustoso daría la existencia.
Júrole a usted, señor D. Teótimo, por la hora de mis postrimerías, que aquella bellaca tentación de quedarme con las ajenas pesetas duró muy poco, no más que unos cuantos minutos, pero fueron horribles y me parecieron siglos, porque mientras cogía el sombrero y me preparaba a salir, oí llorar con desgarradora pena al más pequeño de los muchachos, a mi pobre Esteban, un serafín del cielo, que protestaba a voces contra el forzado ayuno. Lo que entonces sintió esta flaca naturaleza mía no se puede expresar con palabras. Figúrese usted que dentro del pecho se le meten todos los cariños de la humanidad y luego se le rompen en mil pedazos y de golpe quieren escaparse por la garganta, y apenas se dará usted ligerísima idea de mi sufrimiento.
Y, sin embargo, tuve el valor de marcharme ahíto de honradez, y, con tanto dinero en el bolsillo no quise distraer una sola peseta para que mi gente comiese aquel día. Verdad es, que ya en la calle, se fundieron mis energías yéndose juntas por la canal de mis ojos, de los cuales caían lagrimones como puños.
¿Que dónde fuí? Al gobierno civil, a ver al Gobernador, al Secretario, al Jefe de vigilancia, a cualquiera que me quitase pronto aquel peso. Cumplí con mi deber y salíme del despacho de Su Excelencia tranquilo como un santo, cargado de elogios y lleno de plácemes, pues los repórters de los periódicos que van a última hora al Gobierno a husmear noticias enteráronse del suceso y lo pusieron en los cuernos de la luna.
Hizo la casualidad que, por la época a que me voy refiriendo, hallábase la prensa muy exhausta de acontecimientos sensacionales, y en razón, sin duda, a tal inopia de emociones, los periódicos de mayor circulación relataron el hecho, adornándolo con todo linaje de galas imaginativas, gastando en mi pro la mar de tinta, sacando a plaza mi penuria para que más resaltase mi hombrada, y hubo aquello de: «Rasgos como el de Pañizosa no necesitan comentarios», o bien: «En medio de esta sociedad escéptica y egoísta, un acto semejante refresca el alma»; etcétera, etcétera.
¡A qué cansarle, querido amigo! Un diario me propuso para la cruz de Beneficencia, y otro pidió al Gobierno que, en adelante, se llamase calle de Pañizosa la del Tribulete, donde vivo.