EL RASGO DE PAÑIZOSA
(GUTIÉRREZ GAMERO)

Oiga usted, contada al menorete, señor don Teótimo, la historia de mis desdichas, y por ellas vendrá en conocimiento de la causa de mi mal—dijo Pañizosa, y prosiguió de esta suerte:—Vine a la corte con más esperanzas que dineros, y pensé que en ella encontraría fácil acomodo, pues traía pocos años, grande voluntad y mucho apego al trabajo, con la añadidura de una apremiante carta del Alcalde de mi pueblo para un señorón de estos que tienen manejo en todas las oficinas del Estado. Meses y meses corrieron antes de que pudiera pasear mis ojos por la figura de aquel personaje cuya protección me era tan necesaria, porque mi hombre no se daba a partido ni mostraba su faz luciente al primer hijo de vecino, como a la solicitud de audiencia no fuese aparejada una recomendación de empuje. Enviéle la del Alcalde; me recibió entre dos luces; díjele mi empeño; me pidió muestra de mi letra; escribí cuatro garambainas que me dictó; le cayó en gracia el carácter de mis rasgos y salíme de su casa, en Dios y en hora buena, tocando palmas y creyendo que a la vuelta de un dado estaba mi fortuna. De allí a poco recibí una credencial de las de cinco mil reales, y héteme funcionario público en la Dirección de la Deuda, donde me aprendí al dedillo todas las leyes, ordenanzas, pragmáticas y decretos que se han promulgado en España desde que España debe dinero. Con esto fuí ganando la voluntad de mis jefes, que en cuanto conocieron lo bien arreglada que tenía mi memoria para colocar en ella, como en una anaquelería se coloca el botamen, las infinitas disposiciones gubernativas que a cada paso inventa nuestra providente Administración, echaron mano de mis conocimientos técnicos, y desde aquel punto y hora yo fuí el encargado de las cosas difíciles. Mis compañeros, viéndome siempre al yunque del trabajo, me echaron encima los suyos, y en adelante no hubo canje de valores, proyecto de emisión o pujos de arreglo en que yo no interviniese.

—¡A ver! que venga Pañizosa y nos diga qué fecha lleva la ley de...—exclamaba el segundo jefe de la Dirección.

—Oiga usted, Pañizosa: esta noche, a las nueve en punto, aquí. El diputado Hache ha pedido unos datos, y es preciso que usted los reúna para que mañana los lleve el Sr. Ministro a las Cortes. El material le pagará a usted un café y media tostada; enciende usted la chimenea, y con toda calma hace usted la notita—me mandaba el oficial del negociado.

—¡Señor de Pañizosa! ¿Sería usted tan amable que se sirviera resolverme este endiablado expediente que no sé por qué coyuntura meterle la pluma?—me suplicaba muy humilde el de la clase de terceros, recién salido del aula.

Y así, entre unos y otros, me traían y me llevaban como si fuera un zarandillo.

Algo me mortificaban estas interesadas preferencias; pero hube de consolarme ante la firme persuasión de que yo era el hombre indispensable de la oficina, sin cuyas luces y conocimientos nada podía hacerse que saliese a derechas.

¡Cuántas sabias medidas, que luego dieron fama de conspicuos a sus autores de pega, se fabricaron en este caletre mío! ¡Cuántas mejoras en nuestra maravillosa Administración se vendrían a mi casa, si las tirara la sangre, y no a las de los padres putativos que con ellas se ufanaron! Todo lo di por bien empleado, con tal de que me sirviera para echar fuertes raíces en la Dirección y me procurase algún adelanto en mi carrera; y si este segundo extremo de mi legítimo deseo no se realizaba nunca, pues ascensos y prebendas caían siempre del lado de los más ignaros, consolábame con la creencia de que ningún Ministro se atrevería a dejarme en la calle, porque al menor intento se habrían de levantar mil voces en mi defensa, siendo la primera la del Director general, que me honraba por modo extraordinario y consideraba tan útiles mis aptitudes intelectuales como si fueran sus pies y sus manos.