Anonadado por la impresión de un supremo espanto, Luciano Avril experimentó una violenta conmoción cerebral, cayendo al suelo como una masa, con las pupilas dilatadas y la boca abierta, para agitarse en convulsivos espasmos. Al fin llegaba la MUERTE, disfrazada con las ropas de la criada difunta, y toda verde como ella de manos y de rostro.
Durante un cuarto de hora, la extraña aparición permaneció inmóvil frente al joven escritor, observando su agonía: lividez cadavérica, sudor viscoso en todo el cuerpo, pulso apenas sensible y latidos intermitentes, cada vez más pausados, en el corazón, alternando irregularmente con una respiración anhelante. El acto reflejo había sido tan violento, que había provocado una paralización casi total de la circulación; el corazón y las arterias se habían vaciado por completo, y las venas se resistían a contener la sangre en ellas agolpada; de aquí el enfriamiento muscular y la postración mental. Nada de convulsiones; nada de estertor. La vida de Luciano se escapaba dulce e irremediablemente ante el mudo fantasma, que parecía recrearse en la contemplación de su obra monstruosa.
Diez minutos transcurrieron todavía, durante los cuales la extraña aparición continuó inmóvil, espiando con ávida mirada los últimos esfuerzos de un alma que se resistía a abandonar el cuerpo. Pasado un cuarto de hora, el cadáver verduzco habló para decir a la mujer del novelista, que penetró en la alcoba, pálida y nerviosa:
—¡Luciano Avril ha muerto! Y todo ha sucedido como yo esperaba.
Luego, mientras se despintaba el rostro y las manos con un paño mojado en agua, James Grey añadió:
—Cuando por una serie de excitaciones diversas se haya provocado el aniquilamiento del sistema nervioso de un individuo, podrá matársele con más seguridad que con un puñal, proporcionándole una emoción violenta...
IV
Aquella misma noche, Cecilia ponía un telegrama a Enrique Fontanar:
«Ruegue usted a Dios por el alma del pobre Luciano. Acaba de fallecer repentinamente.»
Y al año siguiente, la viuda del famoso y joven novelista se casaba con James Grey y partía para Norteamérica.