»Porque, triste es reconocerlo: mi mal no retrocede, sino aumenta. Ya no es sólo el viento, que parece quejarse con sus ayes lastimeros o las sombras nocturnas, lo que me inquieta. Ahora es también el vuelo de los pájaros, el maullido de un gato, los cortinajes de una puerta, los esqueletos de los árboles, las veletas de la torre de una iglesia lejana lo que me sobrecoge y me llena de pavor.

»Si yo me atreviese, ahora mismo abandonaría este castillo tan fúnebre, en que aún parece vagar el perfume de la criada muerta, y marcharía por el campo sin temor a hundirme en la nieve, huyendo del reloj, que marca las doce en punto y está dejando escapar sus sones, que repercuten en mi corazón como los de una campana funeral.

»Tengo miedo, Enrique, mucho miedo, y en este instante carezco hasta de fuerzas para mirar más allá de la mesa donde se confunden las sombras movibles. Siento alrededor de mi frente algo semejante al roce finísimo de unas alas, y el corazón me late furiosamente, como si una mano invisible pretendiera atenazarlo con sus dedos. Un sudor frío me invade todo el cuerpo y te dará una idea de lo mucho que tiemblo la indecisión con que mi mano traza estos renglones.

»Todo está en silencio; pero se me antoja que este silencio está lleno de murmullos, y que fuera, en el pasillo, resuenan unos pasos cautelosos. Pasos de alguien que avanza con sigilo como si temiera alarmarme, ¿sabes, Enrique? Y no me atrevo a volver la cabeza, porque sé que me he dejado la puerta entreabierta y temo ver un rostro desconocido y horroroso atisbándome implacable.

»¡Oh, Dios mío: me parece que eso se acerca, se acerca! Un penetrante olor a muerte ha corrompido la estancia y he oído chirriar la puerta...

»¡Piedad, Dios mío, ELLA está aquí!..»

Luciano Avril dejó escapar la pluma de la mano, y lívido, espantado, se levantó, haciendo esfuerzos sobrehumanos, con ánimo de cerrar la puerta.

Dotados sus sentidos de una extraordinaria delicadeza, debido a su enfermedad nerviosa, el desdichado novelista percibía los más ligeros ruidos y sufrió una convulsiva contracción al oír el tenue roce de unos pies desnudos que se deslizaban por el pasillo con dirección a su alcoba. Luciano Avril sintió un gran frío en el cerebro, donde sus ideas se arremolinaron como las hojas muertas de una tempestad, al oír claramente aquellos pasos vacilantes que hacían crujir la madera del piso y, evidentemente, se encaminaban hacia la puerta.

¿Se engañaban sus sentidos? ¿Sería una alucinación más de las innumerables padecidas? Inmóvil y sin respirar apenas, el joven escritor, apoyado en la mesa, aguardaba la horrible aparición como un condenado espera la cuchilla de la guillotina; pero cuando los pasos se aproximaron más y él comprendió que alguien, inexorable, iba a penetrar en la estancia, se lanzó hacia la puerta tratando de cerrarla con llave. Pero le detuvo con enérgico ademán un brazo verde y frío, que le hizo retirarse con horror.

El cadáver de la doncella muerta se presentaba, con la cabeza inclinada y los brazos caídos como un fantoche a quien hubieran aflojado los hilos. Sólo tenían movimiento sus pies—verdes como los brazos y la cara—que asomaban desnudos bajo la negra falda y que se detenían frente a él para que contemplase la mirada insultadora de unas pupilas negras con reflejos de acero y sonrisa diabólica; la de una boca sin labios que semejaba una cortadura bajo la afilada nariz, entre dos grandes arrugas en forma de paréntesis.