—Escribía a Enrique Fontanar—explicó el novelista abrazando con ternura a su mujer.—No quisiera que me llamase ingrato—agregó, cerrando la carta, después de haberla firmado.
James Grey entró para contar al escritor la entrevista con el juez, y Cecilia cogió la carta de su marido para hacerla llevar al correo al día siguiente. Durante la cena, el doctor volvió a recomendar a Cecilia:
—¡No conviene que Luciano escriba un solo renglón!...
III
Cuatro días pasados del entierro de la doncella de Cecilia, que falleció, según dictamen del forense, por haber ingerido equivocada una de las medicinas que para uso externo le recetó James Grey, Luciano Avril, después de la comida, mientras su esposa y el doctor jugaban a las damas en el comedor, escribía en su gabinete nuevamente a Fontanar:
«Tu silencio me agobia, queridísimo Enrique. Yo te esperaba aquí en seguida, y veo que ni siquiera me haces el honor de una respuesta a mi carta. ¿O es que temes encontrarte en Avila con un infeliz loco?»¡Ah, ese sí que es el más intenso de mis terrores! El miedo a enloquecer me exaspera y tiemblo por mi juicio; porque a veces me parece que mi razón es una llama vacilante condenada a apagarse al menor soplo, dejando todo negro en mi cabeza.
»No creas que estoy loco todavía. Buena prueba de que aún permanezco cuerdo es que me apercibo de cuanto pasa a mi alrededor, y no he dejado de amar a Cecilia, que sería prueba evidente de mi falta de razón.
»La sigo queriendo con amor absorbente y frenético, que me hace delirar en sus brazos. Su vista me causa extraños desfallecimientos y junto a ella no puedo respirar. Cada beso de sus labios me enfurece más y cada caricia de sus manos me torna más febril. Mi vida ahora es un éxtasis sexual, como si me hubieran dado a beber el filtro del deseo insaciable.
»Ayer deploré ante el doctor nuestra desgracia por carecer de hijos, y él contestó que el fuego destruye, pero no crea, recomendándome un poco de cordura conyugal, con ese tono de voz suyo tan acariciante y que obra sobre mis nervios exaltados el efecto de una lluvia benéfica...
»Me horrorizo acordándome de que te he escrito renglones poco favorables para él. ¡Cuán injustos eran! ¡Imposible hallar un amigo más sincero y cariñoso, más atento a devolverme la dulce paz perdida y a velar por que conserve la poca que me resta! Nadie con más dulzura que él me haría reflexionar sobre la sinrazón de esta obsesión maldita. El toma la MUERTE a broma y me cuenta en tono humorístico historias macabras para familiarizarme con la FRIA; pero su regocijo, lejos de distraerme, agudiza mi sufrimiento.