»Es una enfermedad vergonzosa y terrible que se infiltra en las venas y se propaga como lepra, que se instala en mi espíritu creando absurdas desconfianzas, espantosas alucinaciones y bruscos estremecimientos, que destrozan la voluntad, la inteligencia y el organismo como un dardo envenenado.
»¿De qué tengo miedo? De muchas cosas y de nada. Del cielo gris y abrumador, que parece va a caer aplastando mi cabeza, de la nieve que nos rodea como un sudario asfixiante, del eco de las risas de Cecilia, que resuenan en estas dilatadas estancias como detonaciones formidables. Y sobre todo de ELLA, de la MUERTE entrevista en el espejo de mi despacho de Madrid, que cada vez está más próxima e implacable, pues ha hecho acto de presencia en el castillo.
»Esta mañana ha muerto misteriosamente la doncella de mi mujer, y yo me desespero pensando que esto es una advertencia que ELLA me hace para que no intente resistirme. ELLA que ha entrado en el castillo disimulada y audazmente, alevosa bajo un disfraz que yo no acierto a presentir ni conocer y que ha probado la eficacia de su guadaña segando la existencia de esta pobre muchacha que yace en una de las habitaciones del piso de arriba, vestida con una falda negra y una blusa blanca, toda verduzca, rostro y manos, como si se hubiera convertido en bronce repentinamente.
»Desde que he empezado a escribirte, me siento un poco más tranquilo, porque me parece ver tus bondadosos y protectores ojos, arrojando airados al Miedo, este monstruo negro que me atormenta. Aunque me falta el valor para levantar la vista del papel, por miedo a contemplarme, tan solo en el silencio macabro de esta enorme estancia.
»No tengo más esperanza que tú, Enrique. ¡Sálvame! ¡Es preciso que vengas inmediatamente a Avila para que yo tenga un amigo fiel a quien contar mis penas y un compañero leal que en mis ratos de soledad me ahuyente el miedo!
»Son las ocho de la noche y mi mujer ha salido con James Grey, llevándose al criado y al guarda para ir a prestar declaración ante la Policía. Hace dos semanas no me hubiera importado verlos salir reunidos para cualquier asunto; pero hace un rato, al verlos marchar juntos, he sufrido lo indecible. El Miedo, siempre el Miedo me ha hecho pensar que tal vez ellos se entienden, habiéndose puesto de acuerdo para desarrollar en mí esta sobreexcitación nerviosa que puede conducirme a la locura o al suicidio. Me acuerdo de que en un momento de buen humor hice un testamento por el cual dejo a Cecilia en posesión de mi pequeña fortuna, y pienso si ellos no estarán urdiendo algún plan siniestro para anticiparme a los designios de la MUERTE.
»¿No es verdad que esto es horrible? ¿Desconfiar hasta de mi mujer, que a todas horas me manifiesta un cariño sincero, y de James Grey, cuya solicitud cordial y cuyo noble interés aparecen visibles en cualquier instante? Me subleva verme convertido en mi propio verdugo; pero, ¿qué voy a hacer? Juraría que estoy sumido en un sueño sin fin, y que mi vida es una eterna pesadilla de la que sólo saldré para entrar en la tumba.
»¡Oh, qué alegría cuando salga el sol de mañana disipando estos terrores y aleje definitivamente mi temor de ver aparecer a la muerte, verde de pies y manos, con la falda tan negra y la blusa tan blanca...
—¿Qué haces, Luciano?—preguntó de improviso la voz argentina de Cecilia.—Y luego, abrazándole efusivamente, con la dulce mirada de una mujer que adora a su marido, añadió:
—Ya sabes que el doctor te ha prohibido que trabajes...