—Afortunadamente, la cosa marcha bien.

II

Ocho días después, Luciano Avril y su mujer se encontraron en su finca de las afueras de Avila, acompañados de James Grey, que hacía un sacrificio para atender a la curación del novelista, cuya neurastenia amenazaba destruirle seriamente.

Y, solo en su despacho, el joven escritor descargaba su melancolía tomando la pluma para decir a Enrique, su inseparable camarada:

«Hace una hora, mi querido Fontanar, que mi alma piensa en ti exclusivamente y que me recrimina por no haberte escrito antes, estando tan necesitado de consuelo.

»No acierto a comprender cómo he podido estar una semana sin escribirte, para narrarte mi inmensa desventura.

»Tú recordarás que siempre he sido muy débil; desde la infancia se advertía en mí esta escasez de bríos físicos que me caracteriza, y aún no habrás olvidado aquellos días de colegio en que yo me acercaba a ti deslumbrado por tu fuerza y tu benevolencia, para que tu amistad me protegiese contra las violencias de mis compañeros. Pues bien: continúo siendo el niño pálido y medroso, de exaltada imaginación de entonces; solamente que después de mi boda con Cecilia, y no sé si a consecuencia de un excesivo desgaste medular, me he hecho infinitamente más nervioso e impresionable.

»¡Luego, este amor desordenado y vehemente que siento por Cecilia me aniquila! Adoro a mi mujer con frenesí tan insensato, que quizás esto contribuya también a debilitar mi naturaleza, enfermiza de por sí. Pero no me es posible dominarme. Sus caricias exaltan mi sensibilidad tan hondamente y me producen un vértigo tan embriagador, que quisiera tenerla todo el día entre mis brazos. Únicamente por ella me impongo este trabajo abrumador, a fin de que no carezca de nada. Cecilia ama el lujo y la molicie, es voluptuosa y comodona como una gata, y si no satisficiera sus caprichos, nuestra vida conyugal sería un infierno.

»Afortunadamente, hasta ahora no puedo quejarme de mi suerte. El público hace una demanda tan importante de mis libros y mi colaboración en las grandes revistas se paga tan espléndidamente, que me permiten sostener a mi mujer con relativa fastuosidad, y aun he ahorrado dinero para adquirir esta finca, que ella llama pomposamente «su castillo» y tener un fondo de reserva, que me evita el recurrir a los treinta mil duros que heredé de mi tío y con los cuales cuento para fundar una gran casa editorial dentro de un par de años.

»Podría considerarme feliz en medio de mi debilidad. Sin embargo... sospecho que muy pronto sobrevendrá mi ruina corporal y espiritual si no logro curarme de esta dolencia que me hiere: el miedo.