De James Grey se sabía que era hijo de padre inglés y madre española, que había hecho la carrera de Medicina en Nueva York y que su especialidad era el tratamiento de las enfermedades nerviosas. Había llegado a España envuelto en el prestigio de curas maravillosas realizadas en Francia, y se le atribuían facultades sobrenaturales. En sus viajes por la India, había adquirido conocimientos extraordinarios que le permitían aparecer como un verdadero taumaturgo, y se decía que en su clínica podían encontrarse los remedios a los casos más desesperados.

A los seis meses de su entrada en la corte, James Grey era temido y admirado por toda la alta sociedad madrileña. Le hacían admirables sus curas prodigiosas; pero causaba malestar su silueta enigmática. Detrás de aquellos ojos crueles, la gente creía adivinar el secreto de algún drama tenebroso, e instintivamente el mundo reconocía en él un ser temible. Se admitía su ciencia; pero se sospechaba que alguna vez podría emplearla mal. Se admiraba al médico; pero se rechazaba al hombre.

Hizo más alarmante la silueta de James Grey, la indiscreción de un criado despedido, que, en su furor, hizo correr toda clase de fantasías y variadas calumnias que, naturalmente, favorecían poco al doctor. Se aseguró que James Grey era un profesional del opio y que en su clínica guardaba plantas desconocidas y extravagantes que provocaban ojeras profundas y palideces macabras, como la que él exhibía, y flores no menos peligrosas, que tenían la rara propiedad de nacarar con su perfume la piel de las mujeres. Pero estas últimas despedían aromas de muerte y, por aspirarlos, varias doncellas del doctor habían perecido, envenenadas de languidez.

Todo esto se decía en voz muy baja del médico famoso, sin que nadie se atreviera a desmentirlo ni a afirmarlo. Sin embargo, no por eso disminuía su clientela. El hombre no acababa de anular al sabio, y ante una curación casi milagrosa, la opinión se rendía, concluyendo por comprender que James Grey era una víctima de la maledicencia y de la envidia.

—¡Le calumnian sus enemigos!—exclamaban algunos partidarios suyos.—¡James Grey es un hombre de ciencia maravilloso, y el despecho de sus rivales es quien intenta perjudicarle! ¡James Grey es incapaz de hacer daño a una mosca!...

Uno de sus más grandes defensores era Luciano Avril. Fiaba en su talento ciegamente y una irresistible simpatía le acercaba al hombre muy temido y admirado. Y aquella mirada que a otras personas causaba malestar, diríase que magnetizaba al escritor, esclavizándole con irrompible yugo. La amistad entre el médico y el novelista aumentaba de día en día, y aquella prevención de su mujer en el primer momento contra James Grey, desaparecía, siendo substituida por un afecto que no desagradaba a su marido.

Quizás gran parte de la admiración y simpatía que el matrimonio profesaba al doctor fuera debido a que no le creyesen del todo inocente. Pero una atmósfera de espanto y de interés envuelve a las personas culpables y hasta sus ojos parecen centellear con resplandores fascinantes que sirven de aureola a su figura. Luciano y su mujer estimaban al médico; pero en su estimación influía grandemente la equívoca reputación de James Grey. El enigma de su encanto emanaba tal vez de su mismo crimen.

A Enrique Fontanar impresionaba bien opuestamente el misterioso americano. Su presencia le producía un ligero escalofrío, y nunca se dejaba cautivar por aquella diabólica sonrisa. Pero como la única vez que manifestó a Luciano Avril el sentimiento de antipatía y repulsión que James Grey le inspiraba, el novelista se enojó muy seriamente y su mujer le defendió con tenaz bizarría, no volvió a insistir, para evitar una escena desagradable.

Cuando sonaron ocho campanadas en el reloj Renacimiento que elevaba su esfera sobre la biblioteca, Enrique Fontanar y James Grey se despidieron del matrimonio.

El novelista y su mujer los acompañaron hasta la puerta, y mientras Fontanar recomendaba a Avril un viaje a su finca de Avila, James Grey, complacido, murmuraba al oído de Cecilia: