Enrique Fontanar le dirigió una mirada llena de compasión dolorosa; Cecilia levantóse para encender la luz y arreglarse ante el espejo la encendida cabellera rojiza que aureolaba su rostro de esfinge impenetrable, y el médico, con voz un tanto hueca y funeraria, voz de muñeco o de fantasma, que quería ser afectuosa e insinuante, pero hacía escalofriarse instintivamente a Fontanar, contestó:

—Creo sinceramente, amigo Avril, que el exceso de trabajo que usted se ha impuesto es el causante de este desequilibrio que le agobia. Desde que le conozco, he reprochado a usted ese modo incesante y entusiasta que tiene de laborar. Demasiado comprendo que usted disfruta extraordinariamente tejiendo sus novelas y goza lo indecible viviendo la vida de sus personajes, por lo cual procura estar con ellos en relación continua; pero este esfuerzo de imaginación tenía que resentir su cerebro en algún momento, y este momento ha llegado. Es preciso que por una larga temporada abandone sus papeles y renuncie usted a escribir ni leer. Depure su alimentación, que no ha de ser copiosa, y si no le es posible, cambie usted de aires. Un viajecito con Cecilia a su casa de Avila le sería muy conveniente.

—Allí debe hacer un frío atroz en esta época—interrumpió Enrique.

—Eso no le hace—replicó Cecilia con naturalidad, mirando fijamente al doctor.—Todo se reduce a encender una buena chimenea y como, además, no íbamos a salir de casa... Sitio más reposado que aquel, no encontraríamos...

—El caso es que tengo tanto trabajo por entregar—afirmó el novelista—que no quisiera ausentarme todavía de Madrid.

—Mira—dijo Cecilia, decidida—opino, con el doctor, que por encima de tus compromisos editoriales está la salud. En la semana próxima nos marchamos a Avila para que descanses hasta primero de año, y verás como esa neurastenia desaparece.

—¡Qué buena eres y cuánto me quieres!—exclamó el joven escritor, abandonando su butaca para estrechar las manos de Cecilia, que le recibió tiernamente. Y al fijarse en las miradas febriles del americano, añadió con aire triunfal:—Vamos, amigo mío, que ya haría usted algo por tener una mujercita tan cariñosa como la mía.

James Grey no respondió; pero contemplando aquella escena de bienestar y dicha conyugal, aquella envidiable identificación de marido y mujer, sus pupilas metálicas relampaguearon con extraño fulgor, que no pasó inadvertido para Enrique Fontanar.

¡Cuán desagradablemente impresionaba al amigo inseparable de Luciano Avril la mirada implacable de aquel doctor venido de Norteamérica hacía un año y al cual rodeaba una aureola de misterio que él mismo parecía acentuar con la palidez de su rostro frío y duro, que apenas se contraía al hablar, y más que un rostro humano, parecía el de una estatua por su hierática inmovilidad!

James Grey era el verdadero tipo de héroe de Conán-Doyle. ¡Aquella silueta de lebrel afinada por un traje negro que al ceñirse, remarcaba la dureza de sus líneas! ¡Aquel perfil de ave de rapiña, agravado por la mirada insultadora de una pupilas negras con reflejos de acero! ¡Aquella boca sin labios, que semejaba una cortadura bajo la afilada nariz entre dos grandes arrugas en forma de paréntesis! ¡Y luego, aquellas manos rígidas, pero que al ser estrechadas resbalaban como la cola de un reptil!