—¡Ah, tunantes! ¿Con que se aprovechan ustedes de que yo me he muerto para arreglar sus cosas? ¡Bien está, bien está!... No me enfado. Casi me alegro de haberles proporcionado la coyuntura. Porque—¡qué demonio!—yo, a mis ochenta y tantos, no tenía más que hacer que morirme, y ustedes, a sus veinte y pico, no tenían más remedio que quererse.
Y el cuento de aquel sueño en que danzaban la muerte y la vida, fué el primer tema de la primera pava.
EL DISFRAZ
(ALVARO RETANA)
I
Realmente es lamentable esta obsesión, amigos míos—dijo el famoso novelista Luciano Avril, siguiendo con la vista las espirales grises que salían de su cigarro turco—; pero no puedo sustraerme a ella. Desde hace dos semanas vivo en perpetuo sobresalto, oprimido por la horrible angustia de ese peligro contra el cual todas las precauciones son inútiles, y que cada hora siento más cercano. Reconozco la insensatez de mi conducta; trato de ridiculizarme ante mis propios ojos y procuro ahuyentar de mi cerebro este absurdo temor; mas lucho en vano. Desde la noche en que la vi, hoy hace quince días, he perdido el reposo. ¡Parece que fué ayer! Estaba yo solo en mi despacho, corrigiendo las pruebas de mi libro próximo a publicarse, cuando un leve rumor como el de alguien descorriendo cortinajes y removiendo telas me obligó a volver la cabeza. En la estancia no había nadie; pero en la enorme luna que ocupa casi todo el testero que yo tenía a mis espaldas, distinguí claramente, pálida entre los pliegues de su túnica negra, dejando asomar únicamente su calavera de marfil, donde los ojos fosforecían como dos luciérnagas, la imagen de la MUERTE, rebuscando con sus manos descarnadas y amarillas, ávida y sonriente entre los atavíos de un miserable alquilador de trajes, un disfraz con que desfigurarse totalmente. ¡Pesadilla arbitraria! ¿No es cierto? ¡LA MUERTE—una muerte de cuento de Grim o de dibujo de Beardsley, con su cabeza pelada como un huevo, su sonrisa escalofriante y el esqueleto oculto bajo la clásica envoltura negra y mate—buscando un nuevo traje entre las percalinas de colores de un establecimiento vulgarísimo, donde sólo van horteras y criadas a procurarse los disfraces con que bailar frenéticos en los días de Carnaval! ¡Casi me avergüenza confesar que he sido víctima de tan ridícula alucinación! Sin embargo, aquella visión grotesca e infantil ha sacudido mi alma entera como en vendaval siniestro y me ha colmado de inquietud; porque yo estoy seguro, segurísimo, de que si la Muerte en aquella ocasión recurría a un disfraz, era para venir en mi busca disimulada y alevosa, a fin de que yo, desprevenido y confiado, no pudiese evitarla ni burlarla.
Y el novelista dejó de hablar, marcándose en su frente la arruga de un invencible horror.
Su amigo inseparable, Enrique Fontanar, que le escuchaba atentamente, no pudo contener un estremecimiento que le recorrió de pies a cabeza, y el famoso doctor americano James Grey, que también le escuchaba interesado, puso al alcance de su mano un cenicero de plata para que él depositase la ceniza del cigarrillo turco, cambiando unas miradas furtivas con la mujer del escritor entre las sombras de aquel crepúsculo de Octubre, demasiado sombrío, que iba convirtiendo la estancia en una mancha negra.
—Toda mi habilidad de artista descriptivo se estrellaría si intentase dar idea de mi espantosa situación—prosiguió el joven novelista, contemplando dichoso a su mujer, que causaba la impresión de una serpiente roja modelada por una funda de terciopelo grana, con los ojos redondos, verdes y brillantes como esmeraldas engarzadas en aquel rostro inquietador, que sonreía ambiguo, mostrando una dentadura aguda y reluciente como la de un lobo.—Dominado por la convicción de que ELLA me acecha disfrazada y traidora, no me atrevo a salir solo a la calle. A cada instante me parece que ELLA va a aparecer de improviso dispuesta a hacerme su víctima, y tiemblo como un chiquillo a la sola suposición de que pueda llevar a cabo su terrible designio. Yo he creado en mis libros situaciones macabras, pero ninguna tan angustiosa como la mía. El ruido de una hoja desprendiéndose de un árbol, me hace volverme rápidamente como un reptil hostigado, temiendo que sea el roce de su insospechable vestido; el rumor del viento me aturde y me enloquece, porque no sé si es SU voz llamándome atrevida; y si al cruzar de un lado a otro de la calle, un transeunte me roza casualmente, tengo que contener un grito de terror, creyendo que son los cinco huesos de su mano los que intentaron cogerme. Más de una vez, de madrugada, he despertado a Cecilia lleno de pánico, porque me ha parecido escuchar que ALGUIEN avanzaba sigilosamente por los pasillos arrastrando una guadaña. ¡Esto es insoportable, amigos míos! ¡La gloria y la fortuna me sonríen; amo a Cecilia con locura y soy amado por ella; nada me faltaba para ser feliz, y esta obsesión maldita se ha empeñado en martirizarme? Por culpa de ella mis nervios de hombre joven que aún no ha mucho rebasó los treinta, se hallan aniquilados, mi cerebro se resiste encarnizadamente a producir, y mi temperamento, de ordinario apacible y cariñoso, se torna en agrio y desabrido...