—En Ortubre prinsipian a caerse las hojas, y no hay humó pa ná.
—¡Morena, que se nos va el año! ¿Tiene pa usté argún pero Noviembre?
—Muchos peros, no uno. Lo dise er refrán: «Noviembre, mes de peros, castañas y nueses.» Y los peros, malo; pero las castañas, peó.
—¿Entonses, qué?... ¡Disiembre y no hay más!
—¡Disiembre! ¡Fin de año! ¿Quién planta una maseta cuando se está poniendo er só? Se aguarda a que amanesca otro día. Espere usté un poquito... y año nuevo, vida nueva. Usté lo ha dicho antes.
—¿Ahora estamos ahí? ¡Pos hágase usté cuenta de que esta conversasión la hemos tenío el año pasao, y listos! Dentro de cuatro días le digo yo a usté en su ventana esta copla, ya que sé que le gustan:
A la luna de Enero
te he comparado,
que es la luna más clara
de todo el año.
Siguió el palique... Al sonar las once en el reloj de la iglesia cercana, se levantó una de las viejas, dió las buenas noches a las otras, llamó por señas a la muchacha, y juntas salieron de la habitación. Protestó el mozo, acomodándose la capa sobre los hombros, y calándose el sombrero de ala ancha, y protestó el gato abriendo dos palmos de boca. El gato se arrimó al brasero, y el hombre salió tras la mujer.
Ya en la calle, vieja y moza apretaron el paso, porque la noche estaba fría. El las seguía de lejos. Tras mucho andar por las calles desiertas, en las que sólo hallaron un perro olfateando un montón de escombros, y un borracho que las obligó a cambiar de acera, detuviéronse ante una casa bajita y pobre. Allí estaba la reja que debía ser testigo, durante un año, al menos, de la ventura de dos enamorados. Al llegar frente a ella la mocita volvió la cara... Parecía un lucero.
Aquella noche soñaron los amantes. ¿El uno con el otro? No. Soñaron con la pobre señora Manolita, la difunta compañera del veterano Cuña, que desde el otro mundo les decía: