Al contacto de la carne joven, tibia y perfumada, sintió estremecerse, muy a pesar suyo, todo su cuerpo pecador en lascivo escalofrío. Las dulcísimas cadenas no cejaron, y el desvanecido caballero sintió sobre su pecho la presión de suavísimas turgencias que excitaban dolorosamente su carne flaca y miserable, con impudores que rechazaba su alma pura.
La voz argentina arrulló a su oído:
—¡No os mováis, caballero! ¡Doña Celia soy, que viene a deciros que no salgáis de esta habitación, pues corréis peligro de muerte!
—Permitidme, señora, que...—y el sofocado caballero no sabía qué decir, en lucha sorda consigo mismo para romper las dulces cadenas que le oprimían como dogal de frescas rosas y olorosos jazmines.
—¡No os mováis, por Jesús Nazareno! Vengo huyendo de las liviandades de mi hermana Violante... y he cerrado la puerta de esta cámara...
—¿Qué decís, señora?—interrumpió el cándido corregidor.
—Sí, de la hija de don Gutierre, que burla y ultraja las canas y el honor de mi buen padre todas las noches... permitiendo que escale su galán el balcón de su camarín...
—¿Es posible tal infamia?
—¡Sí, caballero, sí!—y copioso llanto bañó las acaloradas mejillas del caballero. ¡Doña Celia lloraba! Y siguió:—Esta noche, que partió conmigo su lecho, pues este en que descansáis es el mío, no respetó mi inocencia y tampoco recatóse de recibir al seductor... ¡Qué vergüenza! ¡Huí al verle y oirle decir al salteador de esta noble casa que quería matar al caballero que se hospedaba bajo el mismo techo que su amada, mi mal aconsejada hermana!
—¡Vive Dios que no será sin que un Pacheco venda cara su vida!