-¡Por el Nazareno! ¡No gritéis! Mi inocencia vino a advertiros el peligro; pero mi previsión cerró todas las puertas que separan esta cámara de la de mi hermana... Esperemos en silencio, y al lucir las primeras horas del alba, con el galán salteador de honras se irá todo peligroso riesgo para vuestra merced...
—¿Pero entretanto... señora...?—y el buen don Rodrigo no sabía cómo librarse de los brazos, que más parecían acariciarle que demandar amparo.
-¡Ah! ¡Mientras tanto... proteged mi castidad y mi inocencia, que quiso ultrajar también aquel bárbaro atropellador de doncellas y agraviador de ancianos!... ¡Protegedme, señor! ¡Tengo miedo de salir de este aposento!...—y con sus desnudos brazos tejía el pavor más apretada cadena en torno al cuello del ilustre corregidor, que balbuceó con extrañas angustias:
-¡Nada temáis... niña, estando aquí yo... junto a vos. Llegarán a vuestro precioso cuerpo por encima del cadáver de don Rodrigo Pacheco!
—¡Gracias, gracias... mi noble deudo!...—y la medrosa niña se estrechaba más y más contra el caballero, besando a obscuras sus manos, sus barbazas, sus ojos, sus mejillas y su boca anhelosa y cálida, mientras don Rodrigo, arrastrado por aquella mansa ola de confiada efusión, abrazaba también a la niña, creyendo proteger con sus nervudos brazos a la mesma estatua viviente de la casta Diana.
En un momento, durante el cual la intensa emoción dejó paso a la sutil clarividencia, murmuró el caballero paternalmente:
—Bien, bien... señora; pero me parece que venís un poco ligera de ropa...—al notar que tenía entre sus brazos una escultura que no vestía sino la sutilísima veste de holanda. Y aquel trasunto vivo de castidad respondió desmadejadamente:
—¡Huí del lecho precipitada al asaltar aquel gavilán nuestro camarín... y mi pudor no me detuvo para recoger mis vestiduras!
-Pues... descansad en mi lecho, que por lo que conjeturo es el vuestro propio. Yo me vestiré a tientas... y velaré vuestro sueño...—dijo don Rodrigo, intentando flojamente desprenderse de los marfileños brazos que le ceñían amorosos.
-¡Oh! ¡No, por Dios, caballero! ¡Tendré miedo sin vos! ¡Moriré de pavura! ¡No os apartéis de mí! ¡No me dejéis! ¡Venid, caballero... y descansad a mi lado! ¡Nada temáis... sosegaos! ¡Vuestra hidalguía y mi inocencia nos protegen!—y con suavísima presión dejóse caer blandamente la niña, arrastrando en su caída al caballero sobre la regia cama de torneadas columnas y de labrada cabecera Renacimiento, que les cobijó con su tibio calorcillo como nido de plumas y de amores...