¡Su bolsa estaba vacía! Le habían robado más de cien ducados de oro que metió en ella!... Pero, ¿dónde? Y su pensamiento se tornó instintivamente a la casa de don Gutierre, y súbita revelación presentóle como humillante farsa la tragicomedia de que acababa de ser actor principal. Preguntó al posadero: dióle señas y señales...; sonrió el ladino plebeyo y pronto tuvo la certeza don Rodrigo de que donde le habían dado posada de amor una noche inolvidable no era ¡ni mucho menos!, la casa de don Gutierre Pacheco, aunque sí fronteriza a ella.
Puso en manos del huésped su rica cadena de oro, al encontrarse sin un maravedí, y prometiendo rescatarla sigilosamente y en breve, salió al galope de su mula de aquel Valladolid, que ya sería siempre el de sus pecados...
IX
Abstraído por el recuerdo de la vergonzosa aventura, no notó hasta cerca de Simancas que aquel embriagador y penetrante perfume que impregnaba las ropas y el cuerpo clásicamente modelado de «la cándida paloma vallisoletana», le acompañaba como rastro de su pecado, dejando una estela de perfumada liviandad por do pasaba el caballero, y que fué lo que hizo sonreir indudablemente al ladino posadero. ¡Las ropas, los cabellos, las barbas, las manos, todo el cuerpo y el sér todo del buen Pacheco estaban saturados de aquel delicioso vaho de la cortesana lascivia... y era la penitencia que va siempre con el pecado!
¡Doña Leonor no mintió! ¡Ella era una santa y él un lascivo ruín y empecatado! El fatal presentimiento de la dama era ya una realidad acusadora... El recuerdo de aquella noche de amor podría olvidarse quizá; su pecado ocultarse, negarse, aunque lo purgara en solitarias y continuas penitencias... Pero, ¿y aquel maldito y penetrante perfume que le acompañaba como una acusación, como la mejor y más terrible prueba de su liviandad y de su adulterio? Porque doña Leonor, ¡que no usaba perfumes!, preguntaría, inquiriría, no podría explicar por qué aquel vaho cortesano le acompañaba y trascendía hasta Tordesillas, y la furiosa Xantipa le arrancaría los ojos y las entrañas al señor corregidor.
Llegó a Simancas. Apeóse en el mesón del Toledano; pidió un aposento, agua y jabón; encerróse; lavóse cuidadosamente manos, rostro, cabellos y aquellas barbas con que le retrató su deudo el sevillano Pacheco, y salió de allí, donde harto le conocían y estimaban, después de airear un buen rato al sol la ropilla y capa ante el abierto balcón del aposento. Remozado y contento salió a lomos de su mula, libre, al parecer, de graves cuidados.
X
Apenas dejó atrás el caserío de Simancas, tornó a percibir, cada vez más penetrante, aquel diabólico perfume que debió de haber aliñado maese Satanás en sus filtros y redomas demoníacas, y la vil cortesana en cuyos brazos durmió el caballero, infiltróle hasta las entretelas de su alma. Y ¿cómo entrar en Tordesillas?
Ya columbraba la crestería de San Antolín, la cúpula de Santa María, los torreones del palacio donde lloró durante media centuria su viudez la triste reina de Aragón y Castilla doña Juana—llamada «la Loca» por insensibles historiadores y por el vulgo, que no entiende de locuras de amor, como ya entendía don Rodrigo,—cuando éste apeóse en un recodo del camino, sombreado por espesos árboles. Ató las riendas de su cabalgadura a uno de aquéllos y contempló la ondulante corriente del Duero, en cuyas aguas tantas veces se bañó siendo niño.
Un audaz pensamiento asaltó al atribulado Pacheco.