Agazapado entre unos matojos, despojóse de sus ropas, que dejó sobre aquéllos, tendidas al sol abrasador de Castilla y Julio, y encueros vivos lanzóse el caballero al agua, con la avidez con que un cristiano se arrojaría a las ondas purificadoras del Jordán, murmurando en remembranza de sus felices tiempos de teólogo: ¡Vestigia nulla retrorsum!

El Duero, algo crecido, traía impetuosa corriente, en la que don Rodrigo dió varios chapuzones, restregando con sus manos mojadas barbas y cabellos y todo su cuerpo, para purificarle de aquel olorcillo cortesano y delatador...

Distraído, perdió pie, la corriente le arrastró; dió una voltereta desesperada; logró subir a flote y asirse a una rama en un recodo del río. Tiró de ella para subir; cedió la débil rama, y el cuerpo del desdichado caballero se lo sorbió el Duero impetuoso... llevándole inerte y sin vida hasta el puente de los diez arcos famosos, en uno de cuyos tajamares quedó detenido como miserable despojo del pecado.

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Doña Leonor recibió el cuerpo exánime de su esposo con grandes e íntimos transportes de dolor. En el paroxismo de su locura, gritaba la enamorada señora:

—¡Me han asesinado a mi dueño y señor! ¡Justicia, justicia!

Las ropas abandonadas en la margen del río, la bolsa vacía y la falta de la cadena de oro del caballero, indujeron a jueces y escribanos a sospechar que don Rodrigo fué robado y arrojado al río para que no pudiera delatar a sus asesinos. Estos no se llevaron la mula, la espada y las ropas del caballero por temor de que les delataran, cosa que no podía suceder con los escudos y con la cadena, una vez fundida ésta. Y entre aquellas y otras conjeturas, nadie se acercó a la verdad.

Una hermosa mujer y un ladino posadero de Valladolid pudieron haber dado alguna luz; pero callaron por la cuenta que les traía.

Don Rodrigo recibió cristiana sepultura en San Antolín; doña Leonor encerró para siempre su dolor en su caserón, atenazándola el remordimiento de haber martirizado con su pasión de celos infundados a aquel santo varón que Dios le concedió por marido. Y como ella, toda Tordesillas lloró al varón ejemplar, dos veces santo, por su martirio de casado y por su muerte trágica.

Ya sexagenaria doña Leonor, hubo de exhumarse el cuerpo de don Rodrigo para trasladarle al alabastrino sarcófago que hábiles artífices italianos construyeron para guardar los restos mortales del señor de Pacheco y de la señora doña Leonor, cuando le fuera llegada su santa hora.