Asistió al solemne acto doña Leonor, acompañada del clero, servidumbre y mucha gente del pueblo, que aún amaba la memoria del caballero.
Abrióse el ataúd y fué como si se abriesen las puertas de la gloria. Suavísimo, embriagador e inefable perfume invadió las bóvedas de San Antolín, asombrando a todos los circunstantes.
«¿De dónde venía aquel fragante olor, que por primera vez en su vida percibían los viejos cristianos tordesillescos, si no era de los huesos del fenecido caballero? ¿Y qué otro olor podía ser aquel si no era el «olor de santidad» en que murió indefectiblemente don Rodrigo Pacheco, por sus muchas virtudes y su muerte de martirio?» pensaron los buenos tordesillescos, y clamó el pueblo a una voz:
—¡Don Rodrigo murió en olor de santidad! ¡Don Rodrigo murió en olor de santidad! ¡Allí estaba aquel perfume suavísimo que su alma santa dejó en sus huesos, proclamándolo! ¡Allí estaba la esposa del buen caballero, dando fe de ello con sus lágrimas de sincero arrepentimiento!
Y es fama que cuando alguien afirma todavía que don Rodrigo Pacheco murió en «olor de santidad», ¡unos huesos se estremecen en el fondo del alabastrino sarcófago, recordando una inmortal noche de amor en Valladolid!