Ha más de cinco años que vine a la Corte al olor de un beneficio en la catedral de mi provincia, que porque se sepa es la de Zaragoza, y en todo este tiempo, con traer muy buenas esperanzas alimentadas por contundentes y apretadas cartas de la gente más notable de la metrópoli del Ebro, aun no conseguí otra cosa que agotar los recursos, pero no la paciencia (que desta necesarísima virtud fué el Señor servido de darme muy grande y espesa cantidad), y conocer como la palma de mi mano las Losas del Alcázar y aun muchas de las dependencias que están situadas en la parte baja, donde tantos anhelos como los míos se estrellan o estancan, que no hay humana voluntad que los saque a flote y haga la imponderable merced de dejarlas bogar en el tranquilo y azulado mar de la ilusión satisfecha.
Son estas dichas Losas la más concurrida plaza del mundo, donde se venden favores, se alimentan pretensiones y se manejan intrigas, las cuales muy pocas veces van en favor de los necesitados que por su mala ventura danzan en ellas, sino de los hartos que las amañan y dan vida.
¡Qué sé yo el cúmulo de cosillas, cosas y cosazas que he visto pasar por allí, subir como la espuma y despeñarse como el agua, en estos cinco años!
En lo que mi pretensión venía de camino pensé entretenerme escribiendo cada día un pliego de las cosas que allí viera u oyera, y vean aquí vuesas mercedes cómo al cabo heme encontrado con una croniquilla un tanto extensa, la cual tiene por alma uno de los más famosos y cortesanos sucedidos que hanse visto en estas vegadas.
En tal manera acostumbraban a suceder allá cada día las nuevas, que si todas hubiera de relatarlas tal y como las presencié o llegaron hinchadas a mis oídos, habría menester de todo el estanque del Retiro trastocado en tinta y toda la pradera de San Isidro hecha pliego de papel.
Lo mesmo en invierno que en verano, o al amparo del sol, o la frescura de las anchas arcadas, vese aquel recinto, tan poblado de gente, que tienen los señores consejeros y ministros que llevar pajes o porteros delante a fin de que les abran paso, que si no, no fuérales posible echar un pie tras otro.
¡Tanto que pedir hay en España!
¡Y son tan pocos los días en que el Rey puede dar!
¡Ciertamente que cualquier extranjero, mirando cómo está la villa, toda de hambrientos y hampones, pudiera creer que esta era la corte del Rey carroña!
Pero volviendo a lo mío, que son estos pleguezuelos, fundidos en letra un mucho gallarda de la mejor forma española (que aun no se me ha pegado esta procesal al uso, la cual entiendo que sólo se emplea para las causas sustanciadas en el infierno), de entre todas las cosas quiero aquí entresacar no más de una, que es aquella que trajo la muerte de don Juan de Tassis Peralta, conde de Villamediana y correo mayor de estos reinos y los de Nápoles.