Sea así, pues, y con tu licencia, lector (quienquiera que seas), allá te va lo que hasta mí llegó.
PARTE PRIMERA
CAPITULO PRIMERO
EN QUE EL CRONISTA TRAE A CUENTO LAS NUEVAS DE LA CORTE Y RETORNO A ELLA DE DON JUAN DE TASSIS
Este afán angustioso de las pretensiones, no tendrá fruto muy abundante, y bien compréndese que así sea, pues que tantas ramas se chupan la savia, que no es mucho que se queden sin florecer.
El pedir y pretender está tan dejado de la mano de Dios, que en verdad que va a ser necesario dejar el oficio.
Por otra parte, y si vamos a mirar las cosas tal y como son ellas, no como nuestra ansiedad y nuestra fantasía empéñanse en presentárnoslas, ¿qué va a hacer S. M. si todo anda como él no quisiera y ya es mucho milagro que haya faltado para él, y no piensen que esta triste desdicha anduvo muy lejos?
No es toda holgona y abundante, como presumen las gentes, la vida de palacio, que diz que en las paredes de las reales despensas no cuelgan los perniles y los tocinos en tan grande y crecido número que haya necesidad de apuntalarlas con gruesas vigas, ante el peligro de que vénganse a tierra, sino que telarañas, polvo y hollín tienen por colgaduras, y ya los abastecedores dicen que no dan una piltrafa más si no se les satisface lo adeudado, que diz que sube a muchos miles de reales.
Aun carbón no envían los carboneros de Palencia y ha de guisarse con leña, y ésta porque es cortada y traída de las posesiones del Real Patrimonio, que si no, recelo que no pudieran comer SS. MM. más de queso y fruta.
Díjome ayer un pinche de cocina, con más cara de hambre que la cuaresma, que dos meses y medio cúmplense agora de que no se den en palacio las raciones que teníase por costumbre, y ansí anda toda la servidumbre, esperando con ansia el Juicio Final, por ver de llegar la resurrección de la carne; que no hay un cuarto en las arcas, y que el día de San Francisco pusieron en la mesa de la Señora Infanta un capón que ella tristemente enfurecida mandó levantar porque hedía a perros muertos.
Siguió aqueste plato uno que era un pollo en salsa, sobre unas rebanadillas como torrijas, pero no venía solo ni mal acompañado, que traía sobre sí, como animal fenecido que era de muchos días, todas las moscas palaciegas. La justa indignación de la infelice subió a la cumbre, y levantándose fuése a llorar a su aposento, por no dar con todo por una ventana.